No sé si sabéis lo que es un frikilover. Bueno, si no lo sabéis intentaré explicároslo lo más claro posible.
Frikilover es ese individuo que está enamorado del amor, que es feliz únicamente cuando tiene pareja y que en estos tiempos de redes sociales, su momento de mayor alegría en la vida es cuando por fin consigue la ansiada pareja y cuelga una foto de los dos juntos en su perfil del guasap, del Twitter, del Instagram y del Facebook. Ese momentazo es una especie de orgasmo virtual que para ellos no tiene parangón con ningún otro tipo de orgasmo ni de felicidad.
Por supuesto, a partir de ese momento cumbre se dedican a mandar mensajes a todos sus contactos por si se les había despistado la foto, para que no tengan más remedio que verla. Y así en menos de media hora todos sus conocidos se enteran de que el frikilover folla con cierta regularidad y de paso ven con quién. Y cuando calcula que ya todos habrán visto, ampliado y estudiado la foto, por fin descansa en paz y consigue dejar de hiperventilar dolorosamente.
A que conocéis a más de uno de éstos? Bueno, hay que reconocer que la inmensa mayoría son tías pero bueno, también algún frikilover macho hay por ahí. Yo desde luego sólo conozco a este espécimen en versión femenina; suelen ser además las mismas que flipan con pelis tipo "Pretty woman" y con las canciones de Merche o de Pablo Alborán o de Malú. Sabéis las tías que os digo, no?
Conozco a una incluso que antes, con su novio anterior, firmaba sus mensajes como "Pepi y Paco", y ahora, después de haberla dejado Paco, tras una larga travesía del desierto de un mes, por fin ha encontrado novio nuevo, con el que se ha hecho la correspondiente foto de amol que ha colgado ipso facto en el guasap y en el Face, y ahora ya firma los mensajes como Pepi y Angelete. Me imagino que ese mes horribilis, de pesadilla, en que vivió la dura transición entre un novio y el siguiente y tuvo que aparecer sola en su foto del guasap y firmar con un escueto Pepi, lo habrá borrado de su memoria, o al menos estará intentándolo con todas sus fuerzas.
Las frikilovers viven por y para el amor, pero siempre para el amor público y notorio. Una historia de amor íntima de la que no se entere nadie les interesa poco o nada porque su principal objetivo es exhibir públicamente a cuanta más gente mejor su felicidad y, sobre todo, las imágenes, los documentos gráficos que prueban que efectivamente han conseguido una pareja y no se lo han inventado.
Las frikilovers sufren lo indecible cuando, por algún motivo, tienen que ocultar su amor a la gente. No sé, porque el novio esté comprometido o casado con otra muchacha, o porque socialmente no esté demasiado bien vista su relación, o porque alguien de su familia sospeche alguna patología por su propensión al noviazgo compulsivo, o por lo que sea. Esas temporadas de amor clandestino forzoso una frikilover de pro las vivirá como una pesadilla interminable y no podrá parar hasta conseguir su sueño de colgar en las redes sociales y en su mensajería instantánea la deseada foto de pareja con la que por fin dejará claro al mundo que ella ya no está sola en la vida. Porque a todo esto, a la frikilover le da igual tener 8 hijos y 27 nietos; la cuestión es que si no tiene novio no es nada.
En fin, últimamente las frikilovers son las it girls del momento; te las encuentras por todas partes. Abres tu guasap y... zas! Ahí está, otra frikilover. Es igual que no tengas costumbre de curiosear las fotos ni el estado de los guasaps de tus contactos; ellas te escriben cualquier gilipollez que se les ocurra, del tipo: "Hoooooolaaaaaaa, soy yoooooooo", y ya está, voilà, misión cumplida. Tú lógicamente no reconoces la foto, la abres y ahí está la frikilover con su nuevo novio, toda feliz de la vida, mostrando al mundo lo sumamente enamoradísima que está. Y si puede ser, con un mensaje textual del tipo:"Feliiiiiiiz como nunca (y una ristra de corazoncitos de colores)", o "Hasta que te conocí nunca supe lo que era el amor", o "Sólo tú sabes darme cosas nuevas solamente con mirarme", o "Cómo he podido vivir todos estos años sin ti", o "Creo que por fin he encontrado lo que siempre busqué", o... yo qué sé, hay mil chorradas por el estilo que una frikilover puede poner en su estado del guasap para hacer vomitar a todas las personas más o menos normales que, sin sospecharlo y sin aviso previo, se pueden encontrar por sorpresa con su demencial verborrea amorosa.
Otra cualidad que caracteriza a las frikilovers es que desde el minuto cero de la relación están locas por conocer a la familia completa del novio y por presentarle ellas a la suya. "Hay que ver, Manolo, que ya llevamos una semana juntos y aún no me has presentado a tu tía la de Betanzos", o bien "Haz las maletas rápido, que tenemos que salir pitando para Villaviciosa del Cencerro, que mi tatarabuela se está muriendo y no quiero que se vaya de este mundo sin saber que tengo novio".
Yo al principio flipaba un montón con estas cosas y me quedaba ojiplática perdida porque no podía entender que hubiera tías para las que tener pareja fuera el sentido de su vida, el summum, vamos, lo más de lo más. Pero ya, a la vista de que se me ha disparado el guasap con fotos y desvaríos de frikilovers, pues he conseguido superar la vergüenza ajena y me he acostumbrado y ahora lo que hago es establecer clasificaciones y puntuaciones para elaborar un ranking mundial de frikiloverismo.
De momento la campeona indiscutible es Pepi, la de Pepi y Angelete (antes Pepi y Paco), pero vamos, que la competición está muy reñida, y tengo un par de ellas más que... Pepi, Pepi, no te descuides, que te pisan los talones.
domingo, 4 de enero de 2015
jueves, 1 de enero de 2015
Mari Ángeles
Mari Ángeles ha muerto hoy, día 1 de enero. Mal día para morir, nena, eso no se hace. Cómo van tu familia y tus amigos nunca más a celebrar un fin de año sin acordarse de ti? Qué cabrona! No lo habrás hecho aposta, no? Para asegurarte de que no te podamos olvidar nunca, ay, pillina!
Mari Ángeles era compañera de trabajo, concretamente la limpiadora de la biblioteca. Llevaba años con nosotros y aunque pertenecía a otra empresa estaba tan integrada que era una más del colectivo bibliotecario. Creo que así se sentía ella y así la sentíamos los demás.
A ver cómo describo yo a Mari Ángeles para que los que no la conocíais la podáis ver. Creo que la expresión exacta es "La alegría de la huerta". Sabéis esas personas que llenan los espacios con su sonrisa y los cargan de energía y vitalidad? Pues así. Habitación en la que ella entraba con su mopa, habitación en la que entraban el jolgorio, la jarana y el bullangueo. Y como somos bibliotecarios, a veces le teníamos que decir: Shhhhhhhhhhh!
Pelirroja de tinte, pero igual de tremenda que si fuera natural; pelito muy corto, a lo chico; complexión fuerte, ancha, tal vez con una mijilla de sobrepeso (fijo que en los exámenes médicos anuales de la empresa le daban algún toque); cara redonda, colorada y, terrible paradoja, insultantemente saludable. Y sobre todo, un genio, un carácter, una personalidad arrolladora. No pasaba desapercibida esta mujer, no. Por donde pisaba... se notaba.
Se apuntaba a un bombardeo, no se perdía ni una. Mari Ángeles, vamos a hacer un perol para celebrar que nos suben el sueldo, te apuntas? Diiiiiiiigo, la primera. Dónde, cuándo, qué llevo, cuánto hay que poner. Divertida, cachonda, de risa contagiosa, ruidosa, escandalosa, procaz, insolente... era además la reina del baile, el alma de la fiesta, un eterno canto a la vida.
Y sabéis lo más alucinante? Pues que tenía motivos de sobra para quejarse, para despotricar, para chillar, protestar y clamar a los cielos por su mala suerte y por las injusticias trágicas de su vida. No sólo porque trabajara como una mula por un sueldo bastante miserable, o porque se levantara a las 5 de la mañana cada día, festivos incluidos durante las aperturas extraordinarias, o porque difícilmente le llegara el dinero para poder sacar adelante su casa... Todo eso aparte, Mari Ángeles era una de esas personas con las que el destino se ceba especialmente y muestra lo injusto y arbitrario que puede llegar a ser al repartir desgracias y bondades entre los humanos.
Bregó durante más de un año con la leucemia que le diagnosticaron a su marido. Compaginaba su trabajo con las tareas de casa y el cuidado del hombre, que cada vez iba a peor. Y no la vimos nunca quejarse. Apareció ante nosotros triste, penosa, maldiciendo su suerte? Pues no sé si alguien la llegó a ver así pero creo que la mayoría, igual que yo, la seguimos viendo sonreír y canturrear como siempre, con su carrito y su mopa y su risa contagiosa, ruidosa, escandalosa, procaz e insolente.
Y cuando el marido finalmente murió, tras meses de tratamientos y de angustiosa agonía, ella siguió exactamente igual, entregada a su alegría de vivir y a su resignada aceptación del destino que le había tocado. Incomprensiblemente no hubo cambios de humor entre la Mari Ángeles de antes y la de después de la larga enfermedad y muerte de su marido. Y eso que mucho me temo que, además de la cuestión sentimental, debió de quedarse en una situación económica muy difícil.
Unos meses después de enviudar ocurrió lo que nunca antes había ocurrido. De repente Mari Ángeles dejó de hablar y de reír. Me contaban mis compañeros que algunos días en el desayuno apoyaba la cabeza en la mesa y decía que el dolor no la dejaba apenas trabajar. Tomaba analgésicos a destajo para sus terribles dolores de cabeza pero no conseguía que se le pasaran. Por fin un día el dolor sobrepasó sus fuerzas y acudió a urgencias. Y ya sí, ya le diagnosticaron el tumor cerebral que la ha terminado matando. De esto hace unos siete meses. No creo que haya llegado a cumplir los 50.
La última vez que la vi fue hace poco más de un mes, en un perol que hicimos para celebrar el ascenso de unos cuantos. La invitamos y, por supuesto, se apuntó de momento. A las 8 de la mañana ya estaba ella allí saludando a todo el mundo y de cháchara. Me dio una alegría tremenda verla tan bien. Parecía bastante recuperada; es verdad que le costaba andar y por eso la colocaron en una silla de trabajo con ruedas y en ella la llevábamos de un lado a otro. Pero tenía muy buen aspecto y seguía con el mismo buen humor de siempre. Ponedme cerca del jamón y las patatitas, nos decía.
Nada hacía presagiar aquel día este desenlace fulminante. Luego he sabido que a partir del perol el declive comenzó y fue demoledor, hasta que el día 22 la ingresaron en paliativos. Menudo Gordo le tocó a su familia y menuda Navidad han debido de pasar a la espera de este final. Por lo pronto, su único hijo ha perdido en menos de tres años a su padre y a su madre, con eso está todo dicho.
Pienso en Mari Ángeles y a pesar de la pena no puedo dejar de tararear cosas como:
"Dale a tu cuerpo alegría, Macarena, que tu cuerpo es pa darle alegría y cosa buena"
O como:
"Bailando, me paso el día bailando, y los vecinos mientras tanto no paran de molestar"
O como:
"Para hacer bien el amor hay que venir al sur, lo importante es que lo hagas con quien quieras tú"
No es que sean canciones muy apropiadas para un funeral pero fijo que a ella le encantarían. Y yo ahora mismo recordándola sólo puedo verla así, bailando por Los del Río, por Alaska, por la Carrá... con su pelito corto rojo berenjena, con su risa contagiosa, ruidosa, escandalosa, procaz e insolente... como creo que a ella le gustaría que la recordáramos.
Desde aquí brindo por Mari Ángeles con el Protos Gran Reserva que abrí anoche para celebrar la entrada del año. Quién me iba a decir que me acabaría esa botella escribiendo este amargo post de homenaje. Perra vida!
Hasta siempre, compañera.
Mari Ángeles era compañera de trabajo, concretamente la limpiadora de la biblioteca. Llevaba años con nosotros y aunque pertenecía a otra empresa estaba tan integrada que era una más del colectivo bibliotecario. Creo que así se sentía ella y así la sentíamos los demás.
A ver cómo describo yo a Mari Ángeles para que los que no la conocíais la podáis ver. Creo que la expresión exacta es "La alegría de la huerta". Sabéis esas personas que llenan los espacios con su sonrisa y los cargan de energía y vitalidad? Pues así. Habitación en la que ella entraba con su mopa, habitación en la que entraban el jolgorio, la jarana y el bullangueo. Y como somos bibliotecarios, a veces le teníamos que decir: Shhhhhhhhhhh!
Pelirroja de tinte, pero igual de tremenda que si fuera natural; pelito muy corto, a lo chico; complexión fuerte, ancha, tal vez con una mijilla de sobrepeso (fijo que en los exámenes médicos anuales de la empresa le daban algún toque); cara redonda, colorada y, terrible paradoja, insultantemente saludable. Y sobre todo, un genio, un carácter, una personalidad arrolladora. No pasaba desapercibida esta mujer, no. Por donde pisaba... se notaba.
Se apuntaba a un bombardeo, no se perdía ni una. Mari Ángeles, vamos a hacer un perol para celebrar que nos suben el sueldo, te apuntas? Diiiiiiiigo, la primera. Dónde, cuándo, qué llevo, cuánto hay que poner. Divertida, cachonda, de risa contagiosa, ruidosa, escandalosa, procaz, insolente... era además la reina del baile, el alma de la fiesta, un eterno canto a la vida.
Y sabéis lo más alucinante? Pues que tenía motivos de sobra para quejarse, para despotricar, para chillar, protestar y clamar a los cielos por su mala suerte y por las injusticias trágicas de su vida. No sólo porque trabajara como una mula por un sueldo bastante miserable, o porque se levantara a las 5 de la mañana cada día, festivos incluidos durante las aperturas extraordinarias, o porque difícilmente le llegara el dinero para poder sacar adelante su casa... Todo eso aparte, Mari Ángeles era una de esas personas con las que el destino se ceba especialmente y muestra lo injusto y arbitrario que puede llegar a ser al repartir desgracias y bondades entre los humanos.
Bregó durante más de un año con la leucemia que le diagnosticaron a su marido. Compaginaba su trabajo con las tareas de casa y el cuidado del hombre, que cada vez iba a peor. Y no la vimos nunca quejarse. Apareció ante nosotros triste, penosa, maldiciendo su suerte? Pues no sé si alguien la llegó a ver así pero creo que la mayoría, igual que yo, la seguimos viendo sonreír y canturrear como siempre, con su carrito y su mopa y su risa contagiosa, ruidosa, escandalosa, procaz e insolente.
Y cuando el marido finalmente murió, tras meses de tratamientos y de angustiosa agonía, ella siguió exactamente igual, entregada a su alegría de vivir y a su resignada aceptación del destino que le había tocado. Incomprensiblemente no hubo cambios de humor entre la Mari Ángeles de antes y la de después de la larga enfermedad y muerte de su marido. Y eso que mucho me temo que, además de la cuestión sentimental, debió de quedarse en una situación económica muy difícil.
Unos meses después de enviudar ocurrió lo que nunca antes había ocurrido. De repente Mari Ángeles dejó de hablar y de reír. Me contaban mis compañeros que algunos días en el desayuno apoyaba la cabeza en la mesa y decía que el dolor no la dejaba apenas trabajar. Tomaba analgésicos a destajo para sus terribles dolores de cabeza pero no conseguía que se le pasaran. Por fin un día el dolor sobrepasó sus fuerzas y acudió a urgencias. Y ya sí, ya le diagnosticaron el tumor cerebral que la ha terminado matando. De esto hace unos siete meses. No creo que haya llegado a cumplir los 50.
La última vez que la vi fue hace poco más de un mes, en un perol que hicimos para celebrar el ascenso de unos cuantos. La invitamos y, por supuesto, se apuntó de momento. A las 8 de la mañana ya estaba ella allí saludando a todo el mundo y de cháchara. Me dio una alegría tremenda verla tan bien. Parecía bastante recuperada; es verdad que le costaba andar y por eso la colocaron en una silla de trabajo con ruedas y en ella la llevábamos de un lado a otro. Pero tenía muy buen aspecto y seguía con el mismo buen humor de siempre. Ponedme cerca del jamón y las patatitas, nos decía.
Nada hacía presagiar aquel día este desenlace fulminante. Luego he sabido que a partir del perol el declive comenzó y fue demoledor, hasta que el día 22 la ingresaron en paliativos. Menudo Gordo le tocó a su familia y menuda Navidad han debido de pasar a la espera de este final. Por lo pronto, su único hijo ha perdido en menos de tres años a su padre y a su madre, con eso está todo dicho.
Pienso en Mari Ángeles y a pesar de la pena no puedo dejar de tararear cosas como:
"Dale a tu cuerpo alegría, Macarena, que tu cuerpo es pa darle alegría y cosa buena"
O como:
"Bailando, me paso el día bailando, y los vecinos mientras tanto no paran de molestar"
O como:
"Para hacer bien el amor hay que venir al sur, lo importante es que lo hagas con quien quieras tú"
No es que sean canciones muy apropiadas para un funeral pero fijo que a ella le encantarían. Y yo ahora mismo recordándola sólo puedo verla así, bailando por Los del Río, por Alaska, por la Carrá... con su pelito corto rojo berenjena, con su risa contagiosa, ruidosa, escandalosa, procaz e insolente... como creo que a ella le gustaría que la recordáramos.
Desde aquí brindo por Mari Ángeles con el Protos Gran Reserva que abrí anoche para celebrar la entrada del año. Quién me iba a decir que me acabaría esa botella escribiendo este amargo post de homenaje. Perra vida!
Hasta siempre, compañera.
domingo, 21 de diciembre de 2014
Calientapollas
CALIENTAPOLLAS: com. vulg. Persona que excita sexualmente a un hombre sin intención de satisfacerlo (RAE)
Queridos amigos, tengo que confesar y confieso sin pudor que yo respondo con precisión matemática a esa exactísima definición de la RAE. Y no sólo lo confieso sino que reivindico este comportamiento generalmente femenino como encomiable, virtuoso y digno de elogio.
Yo desde que tengo uso de razón he sido una profesional del calentamiento infructuoso y me identifico plenamente con el calificativo de calientapollas, que mucha gente ha intentado usar contra mí con intencionalidad despectiva, incluso rayando en lo insultante; por supuesto con escaso éxito porque yo me siento y siempre me he sentido muy orgullosa de esta cualidad mía.
No sólo defiendo el calientapollismo como actitud a reivindicar sino que estoy convencida de que es algo intrínseco a la naturaleza femenina y que está bien que lo sea. Como es intrínseco a la naturaleza masculina calentarse con cualquier cosa, por nimia y ridícula que a las tías nos pueda parecer.
Es culpa nuestra que la mayoría de los tíos se pongan como motos viendo a una tía con la falda corta o con unos shorts? Es culpa nuestra que se les vayan saliendo los ojos y que más de uno y más de dos se haya pegado un trompazo con el coche o con la moto por intentar divisar la puntita de unas bragas de una tía montada en bici? Pues no, no es culpa nuestra. Y si me apuras tampoco es de ellos, que tienen esa naturaleza absurda y para muchos de ellos es un verdadero coñazo y un incordio ser así.
Yo no conozco a ninguna tía que vaya por ahí acostándose con todo tío con el que tontea, es materialmente imposible. Y sanitariamente desaconsejable. Una no puede dejar que le introduzca el pene en su vagina o en cualquier otra cavidad del cuerpo todo individuo con el que se haya pegado un piquito o incluso un morreo con el oportuno intercambio lingual y salival. Ni nadie puede pretender que lo haga. Precisamente el piqueo y el morreo son sanas actividades de tanteo que sirven a las tías para catar el producto y decidir si realmente le resulta apto para intercambio de fluídos de más enjundia.
Es como si vas a una cata de vinos y tienes que beberte todas las botellas que pruebes. Pues no, no puede ser. Eso es una aberración. En la vida forzosamente hay que explorar territorios, examinar, analizar, comparar y finalmente decidir. Y la realidad es que muchas de esas exploraciones quedan en nada porque no todo lo que se evalúa resulta digno de ser adquirido. Más bien al revés, la inmensa mayoría no lo es. Y cuanto más selectiva y exquisita sea la catadora en cuestión mucho más difícil es que se decida a quedarse el pack completo.
Como decía al principio, a mí este comportamiento me parece no sólo lógico y natural sino perfectamente defendible. No entiendo, por tanto, que la palabra "calientapollas" tenga esas connotaciones negativas con las que la mayoría de la gente la identifica, máxime cuando, como también he apuntado antes, calentar una polla standard es tan sumamente sencillo, y a menudo sucede incluso de forma involuntaria.
Yo defiendo el calientapollismo como actitud sana y socializadora. Y sólo los simples de mente pueden considerar deleznable un comportamiento que denota sin lugar a dudas sabiduría, sentido común y prudencia.
También entiendo que no debe de ser agradable para un tío volverse a su casa totalmente palote por haber estado morreándose y restregando su pene contra el culo de una muchacha. Pero del mismo modo ellos deben entender que ésta es una prerrogativa femenina, ya que la naturaleza no nos ha dotado de esa facilidad de excitación, de esa esclavitud hacia lo sexual y de ese atributo que de forma totalmente involuntaria actúa por su cuenta y riesgo con plena independencia de la capacidad de raciocinio del individuo que lo sustenta.
Pero bueno, que para este tipo de cosas se inventó la masturbación. O en el caso de los tíos casados o comprometidos, para eso están las esposas y las novias, para poder desfogar con ellas el calentamiento que traen de la calle. Como se suele decir "Dios aprieta pero no ahoga", y puede que efectivamente sea una putada esa tendencia innata a la erección, pero bueno, salvo que se sea manco, para eso el Señor, en su infinita sapiencia, ha dispuesto al cuerpo humano de unas extremidades superiores que están ahí precisamente para aliviar estas molestas situaciones.
Que estás harto de salir por ahí de marcha y ponerte como una moto para volver a tu casa solo y con la entrepierna dolorosamente abultada? Pues no lo hagas. O sea, no salgas, no te restriegues, no te morrees, no tontees, no le regales la oreja a las tías, no te crees expectativas poco razonables. Aunque tu miembro vaya por su lado y tú por el tuyo intenta sobreponerte a esa dualidad esquizoide e impulsar algo de esa sangre que se concentra en tu pene hacia tus abandonadas y tristes neuronas.
Y piensa: "Esta chica no es mala, no es una gran hijadeputa, no es una desaprensiva, no es una despreciable cabrona cuyo único fin en esta vida es joder a los tíos; es una simple calientapollas de bien que está tanteando el terreno para estudiar y analizar la oferta y tomar una decisión adecuada a sus intereses, gustos y aficiones. Es una tía con criterio."
Y luego vas y te la cascas. O te follas a tu señora.
Queridos amigos, tengo que confesar y confieso sin pudor que yo respondo con precisión matemática a esa exactísima definición de la RAE. Y no sólo lo confieso sino que reivindico este comportamiento generalmente femenino como encomiable, virtuoso y digno de elogio.
Yo desde que tengo uso de razón he sido una profesional del calentamiento infructuoso y me identifico plenamente con el calificativo de calientapollas, que mucha gente ha intentado usar contra mí con intencionalidad despectiva, incluso rayando en lo insultante; por supuesto con escaso éxito porque yo me siento y siempre me he sentido muy orgullosa de esta cualidad mía.
No sólo defiendo el calientapollismo como actitud a reivindicar sino que estoy convencida de que es algo intrínseco a la naturaleza femenina y que está bien que lo sea. Como es intrínseco a la naturaleza masculina calentarse con cualquier cosa, por nimia y ridícula que a las tías nos pueda parecer.
Es culpa nuestra que la mayoría de los tíos se pongan como motos viendo a una tía con la falda corta o con unos shorts? Es culpa nuestra que se les vayan saliendo los ojos y que más de uno y más de dos se haya pegado un trompazo con el coche o con la moto por intentar divisar la puntita de unas bragas de una tía montada en bici? Pues no, no es culpa nuestra. Y si me apuras tampoco es de ellos, que tienen esa naturaleza absurda y para muchos de ellos es un verdadero coñazo y un incordio ser así.
Yo no conozco a ninguna tía que vaya por ahí acostándose con todo tío con el que tontea, es materialmente imposible. Y sanitariamente desaconsejable. Una no puede dejar que le introduzca el pene en su vagina o en cualquier otra cavidad del cuerpo todo individuo con el que se haya pegado un piquito o incluso un morreo con el oportuno intercambio lingual y salival. Ni nadie puede pretender que lo haga. Precisamente el piqueo y el morreo son sanas actividades de tanteo que sirven a las tías para catar el producto y decidir si realmente le resulta apto para intercambio de fluídos de más enjundia.
Es como si vas a una cata de vinos y tienes que beberte todas las botellas que pruebes. Pues no, no puede ser. Eso es una aberración. En la vida forzosamente hay que explorar territorios, examinar, analizar, comparar y finalmente decidir. Y la realidad es que muchas de esas exploraciones quedan en nada porque no todo lo que se evalúa resulta digno de ser adquirido. Más bien al revés, la inmensa mayoría no lo es. Y cuanto más selectiva y exquisita sea la catadora en cuestión mucho más difícil es que se decida a quedarse el pack completo.
Como decía al principio, a mí este comportamiento me parece no sólo lógico y natural sino perfectamente defendible. No entiendo, por tanto, que la palabra "calientapollas" tenga esas connotaciones negativas con las que la mayoría de la gente la identifica, máxime cuando, como también he apuntado antes, calentar una polla standard es tan sumamente sencillo, y a menudo sucede incluso de forma involuntaria.
Yo defiendo el calientapollismo como actitud sana y socializadora. Y sólo los simples de mente pueden considerar deleznable un comportamiento que denota sin lugar a dudas sabiduría, sentido común y prudencia.
También entiendo que no debe de ser agradable para un tío volverse a su casa totalmente palote por haber estado morreándose y restregando su pene contra el culo de una muchacha. Pero del mismo modo ellos deben entender que ésta es una prerrogativa femenina, ya que la naturaleza no nos ha dotado de esa facilidad de excitación, de esa esclavitud hacia lo sexual y de ese atributo que de forma totalmente involuntaria actúa por su cuenta y riesgo con plena independencia de la capacidad de raciocinio del individuo que lo sustenta.
Pero bueno, que para este tipo de cosas se inventó la masturbación. O en el caso de los tíos casados o comprometidos, para eso están las esposas y las novias, para poder desfogar con ellas el calentamiento que traen de la calle. Como se suele decir "Dios aprieta pero no ahoga", y puede que efectivamente sea una putada esa tendencia innata a la erección, pero bueno, salvo que se sea manco, para eso el Señor, en su infinita sapiencia, ha dispuesto al cuerpo humano de unas extremidades superiores que están ahí precisamente para aliviar estas molestas situaciones.
Que estás harto de salir por ahí de marcha y ponerte como una moto para volver a tu casa solo y con la entrepierna dolorosamente abultada? Pues no lo hagas. O sea, no salgas, no te restriegues, no te morrees, no tontees, no le regales la oreja a las tías, no te crees expectativas poco razonables. Aunque tu miembro vaya por su lado y tú por el tuyo intenta sobreponerte a esa dualidad esquizoide e impulsar algo de esa sangre que se concentra en tu pene hacia tus abandonadas y tristes neuronas.
Y piensa: "Esta chica no es mala, no es una gran hijadeputa, no es una desaprensiva, no es una despreciable cabrona cuyo único fin en esta vida es joder a los tíos; es una simple calientapollas de bien que está tanteando el terreno para estudiar y analizar la oferta y tomar una decisión adecuada a sus intereses, gustos y aficiones. Es una tía con criterio."
Y luego vas y te la cascas. O te follas a tu señora.
Te he comprado una visita de comer jamones
- Te he comprado una visita de comer jamones.
- Queeeeeeeeeeé
- Sopa.
Y vosotros diréis: esto qué coño es? Esta tía se ha vuelto loca?
Pues esto es sencillamente una conversación por guasap que he tenido hoy con mi ex, pero para que os hagáis una idea, es el prototipo de conversaciones que solemos mantener.
No, no es que seamos especialmente aficionados al surrealismo. El problema es que el muchacho no ve un carajo de cerca y con frecuencia se pone a guasapear sin gafas, y entre que no ve lo que está escribiendo y que el corrector automático del móvil escribe lo que le da la gana pues de ahí que tengamos este tipo de charlas.
En realidad el texto anterior escrito correctamente sería tal que así:
- Te he comprado una cosita de comer japonesa.
- Queeeeeeeeeeeeeè
- Sopa.
Concretamente una sopa miso del Día, como me explicó cuando apareció por casa blandiendo triunfalmente la "visita".
Otras veces ni corrector ni leches; me manda cosas como ésta:
- Pñgstre miftbvfe das cgrenxqrts
Lo que perfectamente puede significar:
- Descongelaste anoche las lentejas?
Al principio me quedaba loca pero con el tiempo he ido desarrollando mi sentido de la intuición hasta extremos realmente prodigiosos. Guiándome por el contexto y por algún que otro emoticono revelador he conseguido descifrar buena parte de los mensajes que me escribe.
Un poner, me manda lo siguiente:
- Frec qhn te plastgk nu dsfgcxazo dk copon.
Y al final me pone la carita esa de tío hecho polvo con la frente azul.
Pues yo traduzco:
- Creo que he pillado un trancazo del copón.
Y contesto:
- Te estás tomando algo?
Y él me responde:
- Coso fenks pfevte ne svok tbcxkndo paxnbrthorz
Que traducido viene a ser:
- Como tengo fiebre me estoy tomando paracetamol.
En realidad es algo así como resolver jeroglíficos. Normalmente siempre alguna palabra es medianamente reconocible y a partir de esa palabra se trata de ir reconstruyendo el mensaje en base a un profundo conocimiento del funcionamiento mental del individuo en cuestión y en esa intuición hiperdesarrollada de la que hablaba antes. Es una labor que requiere gran concentración y una buena dosis de paciencia y creatividad.
No obstante no puedo negar que algunas veces me pongo bizca al recibir ciertos guasaps especialmente complejos. Por ejemplo, cuando no hay emoticono que sirva de guía y tampoco ha habido intercambio previo de impresiones y por más que me esfuerce ninguna palabra es reconocible.
Entonces sólo me queda una alternativa. Un mensaje de voz:
-PONTE LAS GAFAAAAAAAS, COÑÑÑÑÑÑO
- Queeeeeeeeeeé
- Sopa.
Y vosotros diréis: esto qué coño es? Esta tía se ha vuelto loca?
Pues esto es sencillamente una conversación por guasap que he tenido hoy con mi ex, pero para que os hagáis una idea, es el prototipo de conversaciones que solemos mantener.
No, no es que seamos especialmente aficionados al surrealismo. El problema es que el muchacho no ve un carajo de cerca y con frecuencia se pone a guasapear sin gafas, y entre que no ve lo que está escribiendo y que el corrector automático del móvil escribe lo que le da la gana pues de ahí que tengamos este tipo de charlas.
En realidad el texto anterior escrito correctamente sería tal que así:
- Te he comprado una cosita de comer japonesa.
- Queeeeeeeeeeeeeè
- Sopa.
Concretamente una sopa miso del Día, como me explicó cuando apareció por casa blandiendo triunfalmente la "visita".
Otras veces ni corrector ni leches; me manda cosas como ésta:
- Pñgstre miftbvfe das cgrenxqrts
Lo que perfectamente puede significar:
- Descongelaste anoche las lentejas?
Al principio me quedaba loca pero con el tiempo he ido desarrollando mi sentido de la intuición hasta extremos realmente prodigiosos. Guiándome por el contexto y por algún que otro emoticono revelador he conseguido descifrar buena parte de los mensajes que me escribe.
Un poner, me manda lo siguiente:
- Frec qhn te plastgk nu dsfgcxazo dk copon.
Y al final me pone la carita esa de tío hecho polvo con la frente azul.
Pues yo traduzco:
- Creo que he pillado un trancazo del copón.
Y contesto:
- Te estás tomando algo?
Y él me responde:
- Coso fenks pfevte ne svok tbcxkndo paxnbrthorz
Que traducido viene a ser:
- Como tengo fiebre me estoy tomando paracetamol.
En realidad es algo así como resolver jeroglíficos. Normalmente siempre alguna palabra es medianamente reconocible y a partir de esa palabra se trata de ir reconstruyendo el mensaje en base a un profundo conocimiento del funcionamiento mental del individuo en cuestión y en esa intuición hiperdesarrollada de la que hablaba antes. Es una labor que requiere gran concentración y una buena dosis de paciencia y creatividad.
No obstante no puedo negar que algunas veces me pongo bizca al recibir ciertos guasaps especialmente complejos. Por ejemplo, cuando no hay emoticono que sirva de guía y tampoco ha habido intercambio previo de impresiones y por más que me esfuerce ninguna palabra es reconocible.
Entonces sólo me queda una alternativa. Un mensaje de voz:
-PONTE LAS GAFAAAAAAAS, COÑÑÑÑÑÑO
sábado, 6 de diciembre de 2014
Historia de unos ojos II
Queridos amigos, no quiero cantar victoria pero tengo que decir que... a día de hoy, después de mi operación y sin que las posibles complicaciones y/o secuelas hayan dado señal de vida, de momento... VEOOOOOOOOO!!!!!
Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, VEOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!! Increíble pero cierto!!!!
Y en mi breve historial de persona que ve, he podido observar unas cuantas cosas que me gustaría reseñar:
1. Que ver entraña cierto peligro y puede llegar a ser ruinoso; he salido de compras y me he dado miedo a mí misma. Resulta que me gusta casi todo lo que veo y, como veo un montón, en media hora me he pulido un pastizal. Esto de ver puede llegar a ser mi perdición.
2. Que al verme la cara en el espejo... joder, no me conozco. Ahora entiendo por qué siempre me veo tan rara en las fotos. En realidad es que nunca me había visto propiamente como soy. De momento estoy un tanto disgustada con lo que he visto, no sé si esto con el tiempo cambiará o me acostumbraré o algo. Ahora mismo estoy en estado de shock.
3. Que me he dado cuenta de que mis hijos necesitan urgentemente una maquinilla de afeitar. Cómo les ha crecido el bigote a estos chicos desde la última vez que los vi.
4. Que han salido exactamente cinco canas en mi pelo hasta ayer impolutamente castaño, y no sé si es que ha coincidido que me han salido por el canguelo de la operación o que estaban ya ahí y no las había visto hasta ahora. Este puto ojo ya está empezando a dar por culo nada más estrenarlo.
5. Que las uñas de mis pies estaban pintadas sin ningún tipo de criterio racional. Y que la pintura se salía por todas partes y en ocasiones llegaba a la parte trasera de los dedos. Vamos, un sindiós estético.
6. Que muchos de mis jerseys tienen un montón de pelotillas, lo cual nos lleva directamente al punto primero, al de la ruina económica a la que puedo llegar si sigo mirando mi ropa y luego me pongo a mirar escaparates.
7. Que las paredes de mi casa tienen desconchones por todas partes, lo cual nos lleva de nuevo directamente a lo de la ruina, porque una de dos, o hago como que no los veo cual era mi costumbre, o al final tendré que llamar a un albañil-pintor-hombreparatodo que me solucione el cifostio, con el consiguiente gasto que ello me ocasionaría.
8. Que el desorden que impera en mi hogar es mucho más grave de lo que yo ya intuía cuando iba a tientas. Hay por todas partes un montón de objetos extraños, algunos de ellos con cables, que no sé para qué sirven. Y esto me lleva directamente a otro problema: los tiro yo todos directamente pegándome un curro de la hostia o me paso meses peleándome con mis hijos para que lo hagan ellos, probablemente con escaso éxito? Terrible dilema, vive Dios.
9. Que el Manolo, mi perro, se ha estado meando impunemente durante toda su vida en buena parte de mis muebles, que presentan por los bajos un aspecto bastante lamentable. Esto, a diferencia de otros detalles que he descubierto, no me ha sentado tan mal, porque he llegado a la conclusión de que es absurdo cambiar de muebles cuando tienes un perro que se mea en todos lados, así que por ahí puedo ahorrar una barbaridad. Gasto en mobiliario, cero.
Y de momento éstas son las cosas básicas que he descubierto desde que dejé atrás mi condición de cegata, pero muy probablemente... continuará.
Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, VEOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!! Increíble pero cierto!!!!
Y en mi breve historial de persona que ve, he podido observar unas cuantas cosas que me gustaría reseñar:
1. Que ver entraña cierto peligro y puede llegar a ser ruinoso; he salido de compras y me he dado miedo a mí misma. Resulta que me gusta casi todo lo que veo y, como veo un montón, en media hora me he pulido un pastizal. Esto de ver puede llegar a ser mi perdición.
2. Que al verme la cara en el espejo... joder, no me conozco. Ahora entiendo por qué siempre me veo tan rara en las fotos. En realidad es que nunca me había visto propiamente como soy. De momento estoy un tanto disgustada con lo que he visto, no sé si esto con el tiempo cambiará o me acostumbraré o algo. Ahora mismo estoy en estado de shock.
3. Que me he dado cuenta de que mis hijos necesitan urgentemente una maquinilla de afeitar. Cómo les ha crecido el bigote a estos chicos desde la última vez que los vi.
4. Que han salido exactamente cinco canas en mi pelo hasta ayer impolutamente castaño, y no sé si es que ha coincidido que me han salido por el canguelo de la operación o que estaban ya ahí y no las había visto hasta ahora. Este puto ojo ya está empezando a dar por culo nada más estrenarlo.
5. Que las uñas de mis pies estaban pintadas sin ningún tipo de criterio racional. Y que la pintura se salía por todas partes y en ocasiones llegaba a la parte trasera de los dedos. Vamos, un sindiós estético.
6. Que muchos de mis jerseys tienen un montón de pelotillas, lo cual nos lleva directamente al punto primero, al de la ruina económica a la que puedo llegar si sigo mirando mi ropa y luego me pongo a mirar escaparates.
7. Que las paredes de mi casa tienen desconchones por todas partes, lo cual nos lleva de nuevo directamente a lo de la ruina, porque una de dos, o hago como que no los veo cual era mi costumbre, o al final tendré que llamar a un albañil-pintor-hombreparatodo que me solucione el cifostio, con el consiguiente gasto que ello me ocasionaría.
8. Que el desorden que impera en mi hogar es mucho más grave de lo que yo ya intuía cuando iba a tientas. Hay por todas partes un montón de objetos extraños, algunos de ellos con cables, que no sé para qué sirven. Y esto me lleva directamente a otro problema: los tiro yo todos directamente pegándome un curro de la hostia o me paso meses peleándome con mis hijos para que lo hagan ellos, probablemente con escaso éxito? Terrible dilema, vive Dios.
9. Que el Manolo, mi perro, se ha estado meando impunemente durante toda su vida en buena parte de mis muebles, que presentan por los bajos un aspecto bastante lamentable. Esto, a diferencia de otros detalles que he descubierto, no me ha sentado tan mal, porque he llegado a la conclusión de que es absurdo cambiar de muebles cuando tienes un perro que se mea en todos lados, así que por ahí puedo ahorrar una barbaridad. Gasto en mobiliario, cero.
Y de momento éstas son las cosas básicas que he descubierto desde que dejé atrás mi condición de cegata, pero muy probablemente... continuará.
Lecturas recomendadas 2015
1. Fin, by David Monteagudo. Ésta es una novela que levanta pasiones: hay gente a la que le encanta y otros echan auténticos sapos y culebras cuando hablan de ella. El autor se hizo en su día famoso porque escribió esta primera novela pasados los 40, mientras trabajaba en una fábrica, y fue tal el exitazo que enseguida vendió los derechos de autor para la versión cinematográfica, que dirigió Jorge Torregrossa con intérpretes de la talla de Maribel Verdú o Clara Lago. La película no tuvo buenas críticas pero la novela sí que despertó mucho interés. La recomiendo aquí porque es muy entretenida y se lee en un pispás; concretamente yo en 4 días la tenía lista, y conste que soy lenta leyendo. Monteagudo sabe crear suspense y mantener la tensión argumental hasta el final. Si en este blog yo me dedicara a recomendar obras maestras ni se me ocurriría incluir ésta, porque es verdad que no lo es; tiene fallos narrativos importantes (p.e. empieza contando la historia en pasado y en seguida se pasa al presente sin que haya ninguna explicación razonable) y algunos pasajes, sobre todo los descriptivos, se pueden hacer pesados. Sin embargo es una lectura que atrapa desde el principio y que ha supuesto para mí la incursión en un género que cultivo poco, el de la ciencia-ficción apocalíptica. Vamos, que he pasado muy buen rato y creo que a mucha gente le puede gustar. Yo además vi la película a mitad de la novela porque coincidió que la estrenaron en el Plus. Como no quería que me destriparan el final pero me mataba la curiosidad por ver el tratamiento que el director había hecho de los personajes, de los escenarios y de la trama, me quedé sólo hasta el punto por el que iba leyendo. Como de costumbre, el libro es mucho mejor.
2. El jardín colgante, by Javier Calvo. Premio Biblioteca Breve 2012. Os sitúo: España, años 70, plena transición. Dos historias cruzadas, una que transcurre en las cloacas de los servicios secretos y otra en la clandestinidad de la izquierda radical ligada al terrorismo. Tenemos a dos agentes bastante peculiares: Arístides Lao y Melitón Muria. Ya los nombres indican que tienen poco que ver con el ideal del espía que predomina en el imaginario colectivo. Tenemos una organización terrorista, la TOD; y tenemos un agente infiltrado en la banda, Teo Barbosa, que tampoco tiene mucho que ver con los agentes infiltrados que habíamos conocido en la literatura de género. Unos y otros van y vienen, entran y salen de los límites de la legalidad, se entrecruzan, se usan mutuamente, coquetean con el crimen y nos muestran una nueva España en la que nada es lo que parece y en la que se trata de borrar a toda costa la historia y la memoria del régimen anterior. Hay quien compara a Javier Calvo con Roberto Bolaño, Murakami o Houellebecq; a mí me parece un poco exagerado pero no cabe duda de que es un hallazgo. Además se lee bien y fácil.
3. La fragilidad de las panteras, by María Tena. Finalista Premio Primavera de novela 2010. Ésta es una de esas historias que se suelen definir como “literatura femenina”. Escrita por una mujer, con personajes principales femeninos y que además indaga en las relaciones entre mujeres, en este caso entre hermanas y entre madres e hijas. La historia está estructurada en tres capítulos, que llevan el nombre de las tres hermanas protagonistas: Itziar, Tere y Laura. Son tres tipos de mujer completamente diferentes pero en cada una hay elementos bastante reconocibles del universo femenino. En las vidas de estas hermanas aparece de repente un hombre misterioso que será el vehículo a través del cual conoceremos, además del presente, el pasado de la familia: secretos, traumas, recuerdos, etc. El libro se lee bien pero tengo que decir que en la tercera y última parte decae bastante y la verosimilitud se sacrifica casi por completo, tanto en el desarrollo de la acción como en el comportamiento de los personajes. El final parece como precipitado, como si la autora se hubiera encontrado con que ya ha escrito bastante y despachara la historia con dos brochazos. En fin, de todas formas es una lectura ligerita y recomendable para días de asueto y relax.
4. Amantea, by David Cantero. David Cantero es ese presentador bastante guapito de los telediarios con el pelo canoso, ya sabéis, el de Telecinco. Por lo visto también es poeta, novelista, fotógrafo, pintor y todo lo que se tercie. Un Leonardo Da Vinci de nuestros días, vamos. "Amantea" es su primera novela y eso se nota en muchas cosas (abuso de la prosa poética, recurso al efecto culebrón, cierta tosquedad en la forma, etc.) pero apunta maneras y denota talento para el oficio. Y se lee muy bien, y además a ratos se llora. Sí, para mí es su principal atractivo; hacía mucho tiempo que una novela no me hacía llorar, pero reconozco que Cantero se lo ha montado. "Amantea" es una historia de amor que, como ya he apuntado, a veces discurre muy cercana al terreno del culebrón, pero de vez en cuando se escapa y a través de las múltiples historias paralelas que cuenta, el argumento llega a hacerse apasionante. Sobre todo me gusta mucho cómo introduce el autor la historia (con esa seminovela del periodista que viaja con su familia al sur de Italia y en la casita donde se aloja encuentra un manuscrito), y también me ha encantado el final. No es que no se vea venir, a poco que tengas algo de imaginación lo ves, pero el tío lo cuenta muy bien, y... coññño, te hace llorar, que tiene su mérito. No creo que sea nunca catalogada como obra maestra de la literatura pero podéis darle una oportunidad. Aunque aviso, las partes semipoéticas se hacen muy pesadas. Yo, de hecho, algunas directamente me las salté por tolmorro.
5. La estepa infinita, by Esther Hautzig. La autora relata en primera persona su experiencia como deportada polaca en Siberia durante los años de su infancia. Una niña judía, de familia bien, que no había pasado jamás la menor penalidad, de golpe se ve un día arrancada de su casa, de su ciudad y de la seguridad de su entorno para emprender un largo viaje junto con su familia en un hacinado vagón de ganado a través de toda Rusia hasta llegar a la durísima estepa siberiana, donde vivió durante casi cinco años en condiciones bastante penosas. Paradójicamente esta inesperada deportación fue lo que la salvó de un destino mucho peor, el que le hubiera esperado de haber permanecido en Polonia tras la invasión alemana. Es una novela amena, sencilla y a ratos bastante conmovedora, sin llegar a caer en lo descaradamente lacrimógeno. Y al tratarse de los recuerdos de una niña, tiene un cierto toque de diario adolescente. Está muy bien escrita y lo que cuenta es interesante. No deja de tener el valor documental de cualquier experiencia personal, por supuesto con su carga de subjetividad pero también con la autoridad testimonial que da el haber estado allí. Fue nominada al National Book Award en 1969.
6. Un adúltero americano, by Jed Mercurio. Nos encontramos ante una disección de lo que es la infidelidad conyugal, personificada en un célebre adúltero, John Fitzgerald Kennedy. Tengo que decir que la novela me ha encantado, porque además comparto gran parte de la filosofía vital de JFK en relación al matrimonio y la familia. Comparto su poco apego a la monogamia pero en cambio su amor incondicional a la familia como eje vertebrador de su vida; comparto la clara distinción que hace entre fidelidad sexual y lealtad hacia los suyos. Es verdad, muy pocos estarán de acuerdo con esta visión (la primera que no lo estaba era su propia esposa Jacqueline, firme defensora de la monogamia y la fidelidad conyugal a muerte) y la inmensa mayoría leerá este libro con una actitud moralmente crítica hacia "nuestro hombre" (como lo bautiza Jed Mercurio en el primer capítulo), pero para mí esta novela ha supuesto una verdadera gozada por la peculiar personalidad del protagonista. De todas formas Mercurio no sólo nos habla de la faceta pichabrava de JFK. También es interesante saber que, además de un famoso adúltero y un mítico presidente que se enfrentó a retos políticos que han hecho historia, JFK fue un tipo atormentado por un montón de problemas de salud, por fortísimos dolores, por tratamientos médicos demoledores y por la certidumbre de que su destino más probable era la invalidez y la silla de ruedas a muy corto plazo. A que no lo sabíais? Pues sí. Igual resulta que Lee Harvey Oswald le hizo un favor, porque para un tipo como él eso hubiera sido muy probablemente peor que la muerte. En definitiva, una biografía novelada que puede sorprender a muchos, y que en todo caso, es perfecta por lo menos para cotillear. Por cierto, impagables los capítulos sobre Marilyn, que desde el primer momento luchó a muerte por usurpar el puesto de Primera Dama, ya sabéis, el clásico de "la otra" empeñada en ser "la una". El pobre Jack vivía en un sinvivir sólo de pensar en la cantidad de gilipolleces que se le podían pasar por la cabeza a aquella descerebrada para joderle la vida, aunque hay que reconocer, las cosas como son, que fue bastante cabroncete con ella. Si queréis saber por qué... a leer.
7. Armadillo, by William Boyd. Lorimer Black, el protagonista, es un ajustador de pérdidas. Para entendernos, un esbirro de las compañías de seguros que se dedica a desbaratar las ilusiones de la gente de bien con respecto a las pólizas que han estado pagando religiosamente. Que hay un incendio en tu casa? Pues Lorimer va, te hace unas cuantas preguntitas y elabora un informe en el que desaconseja seriamente que el seguro te pague porque es muy probable que el incendio lo hayas provocado tú. Y si es mentira y te enfadas un poquillo te amenaza con interminables pleitos que muy probablemente no podrás afrontar económicamente y que sin lugar a dudas, contra los carísimos abogados de la compañía de seguros, perderás. Os imagináis qué clase de vida lleva Lorimer? Pues está plagada de suicidios, intentos de asesinato y otros incidentes por el estilo. Pero si encima sabéis que no se llama Lorimer sino que se llama Milorme y procede de una familia de gitanos originarios de una desconocida región de la Europa del este y que lleva toda la vida ocultando su procedencia a todo el mundo... pues os sale este Armadillo. Un tipo que colecciona cascos de la antigüedad clásica y que va por ahí enamorándose locamente de desconocidas que pasan en un taxi. Al final, aunque sea un imbécil de tomo y lomo, se le coge hasta cariño. Y es que William Boyd se curra al personaje y al mismo tiempo consigue hacer una magnífica sátira de la sociedad británica, de la especulación y del capitalismo salvaje que lleva a las personas a convertirse en verdaderos depredadores. He leído por ahí que hay un proyecto de peli o algo así. Estaría bien.
8. Los imperfeccionistas, by Tom Rachman. El título mola, verdad? Pues no es lo único. Se trata de la intrahistoria de un periódico. Cada capítulo está dedicado a un personaje relacionado con el diario. En algunos momentos las vidas de estos personajes se cruzan y eso da lugar a conocer, aunque sea en segundo plano, la continuación de esas vidas que dejamos en otro episodio. Son todos seres imperfectos, con vidas imperfectas y llenas de contradicciones como las de cada uno de nosotros. Y entre vida y vida, va transcurriendo la propia historia del periódico en forma de microcapítulos intercalados, que nos guían por cada momento cumbre de esa historia, desde sus orígenes hasta su ocaso. Creo que os puede gustar, porque está escrito en forma de cuentecillos, y cada narración tiene su puntito, su hecho diferencial. A mí la que más me ha gustado es la de la directora financiera. Creo que como relato es sencillamente magistral. Pero los demás tampoco desmerecen, y para gustos colores, oye.
9. La librería ambulante, by Christopher Morley. Esto no es ningún gran descubrimiento; es una novela publicada en el año 1917, pero yo sí la acabo de descubrir ahora y sencillamente me he enamorado. De la historia, de la ambientación, de los personajes, de la filosofía que subyace bajo su aparente sencillez... Me he enamorado, en definitiva, de la forma de narrar de Morley y no tengo más remedio que aconsejar desde este pequeña plataforma virtual que todos los que amáis la lectura y los libros leáis éste. La historia va de una buena señora que en la Nueva Inglaterra de principios del siglo XX se embarca en una aventura de vendedora ambulante de libros por obra y gracia de un hombrecillo que consigue fascinarla con su excéntrica personalidad y su amor por la literatura. Cuando Helen McHill conoce al profesor su vida da un vuelco y de repente siente la necesidad de comprarle su Parnaso y salir a recorrer el mundo difundiendo esa pasión por la lectura que a mí me resulta tan familiar. Yo me siento un poco aquí como Helen McHill y el profesor porque también intento en estos posts de lecturas recomendadas transmitiros mi entusiasmo por las obras que leo y compartirlo con vosotros. Si de paso consigo que algunos leáis esos libros y participéis de mi experiencia me doy por más que satisfecha. Yo también tengo mi pequeño Parnaso y aunque sea virtual y menos cálido que el de Helen y el profesor, aquí está para testimoniar mi propia aventura con los libros. Debo deciros que hay una especie de continuación de la historia, "La librería encantada", pero no está ni mucho menos al nivel de la primera, ni de lejos. Pero bueno, para el que tenga curiosidad lo dejo dicho.
10. La pared vacía, by Elisabeth Sanxay Holding. Esta pequeña novela fue en su día elegida por Hitchcock como uno de aquellos relatos de suspense que rodó para la televisión. Pero también fue llevada al cine dos veces; "Almas desnudas" se llamó en España una de las dos pelis. Y en verdad la novela es cinematográfica cien por cien; todo el tiempo estás visualizando lo que Holding cuenta. Tanto es así que desde el principio sientes la necesidad de poner cara a los personajes. Yo a la pareja protagonista en seguida los identifiqué con Bogart y Bacall pero conforme iba leyendo Bacall dejó de funcionar en el papel. Lucia Holley no tiene nada de mujer fatal; más bien al contrario, es un ama de casa seria, responsable y un tanto aburrida que en tiempos de la Segunda Guerra Mundial se ve de repente envuelta en un turbio asunto de chantaje y que, en su obsesión por mantener a salvo a su familia y por protegerla, va tomando decisiones erróneas que la van enredando cada vez más en el sórdido mundo del hampa. No, Bacall no podía ser. Y entonces lo vi; era la Meryl Streep de "Los puentes de Madison", y Donnelly no podía ser otro que Clint Eastwood. En fin, amigos, qué os puedo decir. Si no confiáis en mi criterio sólo puedo añadir que Raymond Chandler catalogó a Holding como la mejor escritora de suspense de su tiempo y hay hasta quien afirma que fue la gran inspiración de Patricia Highsmith. En cualquier caso una novela muy bien escrita y altamente recomendable.
11. Un trastorno propio de este país, by Ken Kalfus. Marshall y Joyce están en pleno proceso de divorcio cuando se produce el ataque al World Trade Center el 11 de Septiembre de 2001. Ella cree que él ha muerto porque trabaja en el piso 80 de una de las torres y él cree que ella ha muerto porque tenía billete para uno de los vuelos siniestrados. La realidad es que los dos se han librado de puro milagro... para disgusto y desesperación del otro. Así empieza esta historia de odios y enfrentamientos sin fin que van in crescendo a lo largo de todo un año y que llegan en ocasiones a niveles difícilmente comprensibles. En esta novela he leído yo algunos de los pasajes más surrealistas que me he encontrado jamás. Para muestra un botón, os copio un diálogo que tiene lugar cuando Marshall decide, siguiendo el ejemplo de los terroristas, inmolarse y matar a Joyce y los niños con una bomba casera que él mismo ha fabricado: " - Dios es grande. - Qué haces, qué es eso? - Una bomba de suicida.- No me digas.- La he hecho yo. Llevo encima dinamita suficiente para volar toda la manzana. Dios es grande.- Y por qué no funciona? - No lo sé. Lo de los cables es complicado.- Seguiste las instrucciones? - Estaban en árabe pero había un gráfico.- Déjame ver.- Puedo arreglarlo solo.- No seas gilipollas.- Demasiado tarde.- Quieres que le eche un vistazo o no? - Si quieres.- Ummm, el cable rojo se ha salido del borne.- Muy bien, sería mucho pedir que lo volvieras a enganchar? - Ya está.- Dios es grande. Mierda.- No digas palabrotas.- No funciona.- Déjame comprobar los demás cables.- Puedes arreglarlo? - No me metas prisa, eh? Tengo que mirarlo bien, no te muevas." Qué os parece? No es sencillamente genial?
12. La mirada inocente, by Georges Simenon. Obviamente ésta no es ninguna novedad editorial pero sí puede ser una novedad literaria para muchos que sólo conozcan al gran Simenon a través de su personaje más emblemático, el famoso comisario Maigret. De hecho yo no tenía ni idea de que este hombre hubiera escrito otra cosa que no fuera novela negra. Aquí Simenon nos lleva a dar un paseo por la mirada limpia de un niño con una sensibilidad muy especial. Ese niño nos muestra una realidad muy dura, la del París de los primeros años del siglo XX, previos a la Gran Guerra, pero no el París de la gente pudiente y glamourosa, sino el otro, el de los que sobrevivían a duras penas, se hacinaban en cuchitriles y no tenían más que lo puesto. Y sin embargo la mirada de Louis es tan tierna y tan luminosa que os puedo prometer que vais a terminar queriendo igual que él ese otro París en el que el protagonista creció junto a su madre, vendedora ambulante, y sus hermanos. Qué grande Simenon!
13. Si Sabino viviría, by Iban Zaldua. El detective galáctico José Miguel López Belausteguieta, alias Cosmic Josemi, bebedor empedernido, trisexual y ludópata del mus, es contratado desde el planeta Nueva Euskadi para que baje a la Tierra y encuentre restos del ADN de Sabino Arana, padre del nacionalismo vasco, con objeto de insertarlos en el ordenador central de Nueva Euskadi, Sin embargo, los infames enemigos del planeta Tauro intentarán impedir que los restos de Sabino lleguen a su destino, complicando al máximo las labores de nuestro héroe. En su deambular por la galaxia tras el ADN de Arana, Cosmic Josemi contactará con un montón de personajes, algunos de ellos simpáticos androides, que le acompañarán en su aventura. Para que os decidáis a leer esta divertidísima novela intergaláctica, supercachonda y completamente irreverente baste decir que la frase más usada por el protagonista durante su misión es "Entonces de follar nada de nada, no?". El pobre Josemi no consigue controlar sus hurgalios ni en las más peligrosas ocasiones, y como es trisexual el mundo para él está lleno de tentaciones. Una caricatura en clave de ciencia-ficción, descojone asegurado, Iban Zaldua carga contra todo y contra todos: el nacionalismo vasco y también el español, las mafias literarias, el terrorismo de ETA, la Universidad como antro de corrupción, vicio e incompetencia... vamos, que no deja títere con cabeza, Pero lo mejor sin duda es que te partes de la risa con las ocurrencias, aventuras y desventuras del amigo Josemi. Un gran descubrimiento Zaldua, apúntatelo.
2. El jardín colgante, by Javier Calvo. Premio Biblioteca Breve 2012. Os sitúo: España, años 70, plena transición. Dos historias cruzadas, una que transcurre en las cloacas de los servicios secretos y otra en la clandestinidad de la izquierda radical ligada al terrorismo. Tenemos a dos agentes bastante peculiares: Arístides Lao y Melitón Muria. Ya los nombres indican que tienen poco que ver con el ideal del espía que predomina en el imaginario colectivo. Tenemos una organización terrorista, la TOD; y tenemos un agente infiltrado en la banda, Teo Barbosa, que tampoco tiene mucho que ver con los agentes infiltrados que habíamos conocido en la literatura de género. Unos y otros van y vienen, entran y salen de los límites de la legalidad, se entrecruzan, se usan mutuamente, coquetean con el crimen y nos muestran una nueva España en la que nada es lo que parece y en la que se trata de borrar a toda costa la historia y la memoria del régimen anterior. Hay quien compara a Javier Calvo con Roberto Bolaño, Murakami o Houellebecq; a mí me parece un poco exagerado pero no cabe duda de que es un hallazgo. Además se lee bien y fácil.
3. La fragilidad de las panteras, by María Tena. Finalista Premio Primavera de novela 2010. Ésta es una de esas historias que se suelen definir como “literatura femenina”. Escrita por una mujer, con personajes principales femeninos y que además indaga en las relaciones entre mujeres, en este caso entre hermanas y entre madres e hijas. La historia está estructurada en tres capítulos, que llevan el nombre de las tres hermanas protagonistas: Itziar, Tere y Laura. Son tres tipos de mujer completamente diferentes pero en cada una hay elementos bastante reconocibles del universo femenino. En las vidas de estas hermanas aparece de repente un hombre misterioso que será el vehículo a través del cual conoceremos, además del presente, el pasado de la familia: secretos, traumas, recuerdos, etc. El libro se lee bien pero tengo que decir que en la tercera y última parte decae bastante y la verosimilitud se sacrifica casi por completo, tanto en el desarrollo de la acción como en el comportamiento de los personajes. El final parece como precipitado, como si la autora se hubiera encontrado con que ya ha escrito bastante y despachara la historia con dos brochazos. En fin, de todas formas es una lectura ligerita y recomendable para días de asueto y relax.
4. Amantea, by David Cantero. David Cantero es ese presentador bastante guapito de los telediarios con el pelo canoso, ya sabéis, el de Telecinco. Por lo visto también es poeta, novelista, fotógrafo, pintor y todo lo que se tercie. Un Leonardo Da Vinci de nuestros días, vamos. "Amantea" es su primera novela y eso se nota en muchas cosas (abuso de la prosa poética, recurso al efecto culebrón, cierta tosquedad en la forma, etc.) pero apunta maneras y denota talento para el oficio. Y se lee muy bien, y además a ratos se llora. Sí, para mí es su principal atractivo; hacía mucho tiempo que una novela no me hacía llorar, pero reconozco que Cantero se lo ha montado. "Amantea" es una historia de amor que, como ya he apuntado, a veces discurre muy cercana al terreno del culebrón, pero de vez en cuando se escapa y a través de las múltiples historias paralelas que cuenta, el argumento llega a hacerse apasionante. Sobre todo me gusta mucho cómo introduce el autor la historia (con esa seminovela del periodista que viaja con su familia al sur de Italia y en la casita donde se aloja encuentra un manuscrito), y también me ha encantado el final. No es que no se vea venir, a poco que tengas algo de imaginación lo ves, pero el tío lo cuenta muy bien, y... coññño, te hace llorar, que tiene su mérito. No creo que sea nunca catalogada como obra maestra de la literatura pero podéis darle una oportunidad. Aunque aviso, las partes semipoéticas se hacen muy pesadas. Yo, de hecho, algunas directamente me las salté por tolmorro.
5. La estepa infinita, by Esther Hautzig. La autora relata en primera persona su experiencia como deportada polaca en Siberia durante los años de su infancia. Una niña judía, de familia bien, que no había pasado jamás la menor penalidad, de golpe se ve un día arrancada de su casa, de su ciudad y de la seguridad de su entorno para emprender un largo viaje junto con su familia en un hacinado vagón de ganado a través de toda Rusia hasta llegar a la durísima estepa siberiana, donde vivió durante casi cinco años en condiciones bastante penosas. Paradójicamente esta inesperada deportación fue lo que la salvó de un destino mucho peor, el que le hubiera esperado de haber permanecido en Polonia tras la invasión alemana. Es una novela amena, sencilla y a ratos bastante conmovedora, sin llegar a caer en lo descaradamente lacrimógeno. Y al tratarse de los recuerdos de una niña, tiene un cierto toque de diario adolescente. Está muy bien escrita y lo que cuenta es interesante. No deja de tener el valor documental de cualquier experiencia personal, por supuesto con su carga de subjetividad pero también con la autoridad testimonial que da el haber estado allí. Fue nominada al National Book Award en 1969.
6. Un adúltero americano, by Jed Mercurio. Nos encontramos ante una disección de lo que es la infidelidad conyugal, personificada en un célebre adúltero, John Fitzgerald Kennedy. Tengo que decir que la novela me ha encantado, porque además comparto gran parte de la filosofía vital de JFK en relación al matrimonio y la familia. Comparto su poco apego a la monogamia pero en cambio su amor incondicional a la familia como eje vertebrador de su vida; comparto la clara distinción que hace entre fidelidad sexual y lealtad hacia los suyos. Es verdad, muy pocos estarán de acuerdo con esta visión (la primera que no lo estaba era su propia esposa Jacqueline, firme defensora de la monogamia y la fidelidad conyugal a muerte) y la inmensa mayoría leerá este libro con una actitud moralmente crítica hacia "nuestro hombre" (como lo bautiza Jed Mercurio en el primer capítulo), pero para mí esta novela ha supuesto una verdadera gozada por la peculiar personalidad del protagonista. De todas formas Mercurio no sólo nos habla de la faceta pichabrava de JFK. También es interesante saber que, además de un famoso adúltero y un mítico presidente que se enfrentó a retos políticos que han hecho historia, JFK fue un tipo atormentado por un montón de problemas de salud, por fortísimos dolores, por tratamientos médicos demoledores y por la certidumbre de que su destino más probable era la invalidez y la silla de ruedas a muy corto plazo. A que no lo sabíais? Pues sí. Igual resulta que Lee Harvey Oswald le hizo un favor, porque para un tipo como él eso hubiera sido muy probablemente peor que la muerte. En definitiva, una biografía novelada que puede sorprender a muchos, y que en todo caso, es perfecta por lo menos para cotillear. Por cierto, impagables los capítulos sobre Marilyn, que desde el primer momento luchó a muerte por usurpar el puesto de Primera Dama, ya sabéis, el clásico de "la otra" empeñada en ser "la una". El pobre Jack vivía en un sinvivir sólo de pensar en la cantidad de gilipolleces que se le podían pasar por la cabeza a aquella descerebrada para joderle la vida, aunque hay que reconocer, las cosas como son, que fue bastante cabroncete con ella. Si queréis saber por qué... a leer.
7. Armadillo, by William Boyd. Lorimer Black, el protagonista, es un ajustador de pérdidas. Para entendernos, un esbirro de las compañías de seguros que se dedica a desbaratar las ilusiones de la gente de bien con respecto a las pólizas que han estado pagando religiosamente. Que hay un incendio en tu casa? Pues Lorimer va, te hace unas cuantas preguntitas y elabora un informe en el que desaconseja seriamente que el seguro te pague porque es muy probable que el incendio lo hayas provocado tú. Y si es mentira y te enfadas un poquillo te amenaza con interminables pleitos que muy probablemente no podrás afrontar económicamente y que sin lugar a dudas, contra los carísimos abogados de la compañía de seguros, perderás. Os imagináis qué clase de vida lleva Lorimer? Pues está plagada de suicidios, intentos de asesinato y otros incidentes por el estilo. Pero si encima sabéis que no se llama Lorimer sino que se llama Milorme y procede de una familia de gitanos originarios de una desconocida región de la Europa del este y que lleva toda la vida ocultando su procedencia a todo el mundo... pues os sale este Armadillo. Un tipo que colecciona cascos de la antigüedad clásica y que va por ahí enamorándose locamente de desconocidas que pasan en un taxi. Al final, aunque sea un imbécil de tomo y lomo, se le coge hasta cariño. Y es que William Boyd se curra al personaje y al mismo tiempo consigue hacer una magnífica sátira de la sociedad británica, de la especulación y del capitalismo salvaje que lleva a las personas a convertirse en verdaderos depredadores. He leído por ahí que hay un proyecto de peli o algo así. Estaría bien.
8. Los imperfeccionistas, by Tom Rachman. El título mola, verdad? Pues no es lo único. Se trata de la intrahistoria de un periódico. Cada capítulo está dedicado a un personaje relacionado con el diario. En algunos momentos las vidas de estos personajes se cruzan y eso da lugar a conocer, aunque sea en segundo plano, la continuación de esas vidas que dejamos en otro episodio. Son todos seres imperfectos, con vidas imperfectas y llenas de contradicciones como las de cada uno de nosotros. Y entre vida y vida, va transcurriendo la propia historia del periódico en forma de microcapítulos intercalados, que nos guían por cada momento cumbre de esa historia, desde sus orígenes hasta su ocaso. Creo que os puede gustar, porque está escrito en forma de cuentecillos, y cada narración tiene su puntito, su hecho diferencial. A mí la que más me ha gustado es la de la directora financiera. Creo que como relato es sencillamente magistral. Pero los demás tampoco desmerecen, y para gustos colores, oye.
9. La librería ambulante, by Christopher Morley. Esto no es ningún gran descubrimiento; es una novela publicada en el año 1917, pero yo sí la acabo de descubrir ahora y sencillamente me he enamorado. De la historia, de la ambientación, de los personajes, de la filosofía que subyace bajo su aparente sencillez... Me he enamorado, en definitiva, de la forma de narrar de Morley y no tengo más remedio que aconsejar desde este pequeña plataforma virtual que todos los que amáis la lectura y los libros leáis éste. La historia va de una buena señora que en la Nueva Inglaterra de principios del siglo XX se embarca en una aventura de vendedora ambulante de libros por obra y gracia de un hombrecillo que consigue fascinarla con su excéntrica personalidad y su amor por la literatura. Cuando Helen McHill conoce al profesor su vida da un vuelco y de repente siente la necesidad de comprarle su Parnaso y salir a recorrer el mundo difundiendo esa pasión por la lectura que a mí me resulta tan familiar. Yo me siento un poco aquí como Helen McHill y el profesor porque también intento en estos posts de lecturas recomendadas transmitiros mi entusiasmo por las obras que leo y compartirlo con vosotros. Si de paso consigo que algunos leáis esos libros y participéis de mi experiencia me doy por más que satisfecha. Yo también tengo mi pequeño Parnaso y aunque sea virtual y menos cálido que el de Helen y el profesor, aquí está para testimoniar mi propia aventura con los libros. Debo deciros que hay una especie de continuación de la historia, "La librería encantada", pero no está ni mucho menos al nivel de la primera, ni de lejos. Pero bueno, para el que tenga curiosidad lo dejo dicho.
10. La pared vacía, by Elisabeth Sanxay Holding. Esta pequeña novela fue en su día elegida por Hitchcock como uno de aquellos relatos de suspense que rodó para la televisión. Pero también fue llevada al cine dos veces; "Almas desnudas" se llamó en España una de las dos pelis. Y en verdad la novela es cinematográfica cien por cien; todo el tiempo estás visualizando lo que Holding cuenta. Tanto es así que desde el principio sientes la necesidad de poner cara a los personajes. Yo a la pareja protagonista en seguida los identifiqué con Bogart y Bacall pero conforme iba leyendo Bacall dejó de funcionar en el papel. Lucia Holley no tiene nada de mujer fatal; más bien al contrario, es un ama de casa seria, responsable y un tanto aburrida que en tiempos de la Segunda Guerra Mundial se ve de repente envuelta en un turbio asunto de chantaje y que, en su obsesión por mantener a salvo a su familia y por protegerla, va tomando decisiones erróneas que la van enredando cada vez más en el sórdido mundo del hampa. No, Bacall no podía ser. Y entonces lo vi; era la Meryl Streep de "Los puentes de Madison", y Donnelly no podía ser otro que Clint Eastwood. En fin, amigos, qué os puedo decir. Si no confiáis en mi criterio sólo puedo añadir que Raymond Chandler catalogó a Holding como la mejor escritora de suspense de su tiempo y hay hasta quien afirma que fue la gran inspiración de Patricia Highsmith. En cualquier caso una novela muy bien escrita y altamente recomendable.
11. Un trastorno propio de este país, by Ken Kalfus. Marshall y Joyce están en pleno proceso de divorcio cuando se produce el ataque al World Trade Center el 11 de Septiembre de 2001. Ella cree que él ha muerto porque trabaja en el piso 80 de una de las torres y él cree que ella ha muerto porque tenía billete para uno de los vuelos siniestrados. La realidad es que los dos se han librado de puro milagro... para disgusto y desesperación del otro. Así empieza esta historia de odios y enfrentamientos sin fin que van in crescendo a lo largo de todo un año y que llegan en ocasiones a niveles difícilmente comprensibles. En esta novela he leído yo algunos de los pasajes más surrealistas que me he encontrado jamás. Para muestra un botón, os copio un diálogo que tiene lugar cuando Marshall decide, siguiendo el ejemplo de los terroristas, inmolarse y matar a Joyce y los niños con una bomba casera que él mismo ha fabricado: " - Dios es grande. - Qué haces, qué es eso? - Una bomba de suicida.- No me digas.- La he hecho yo. Llevo encima dinamita suficiente para volar toda la manzana. Dios es grande.- Y por qué no funciona? - No lo sé. Lo de los cables es complicado.- Seguiste las instrucciones? - Estaban en árabe pero había un gráfico.- Déjame ver.- Puedo arreglarlo solo.- No seas gilipollas.- Demasiado tarde.- Quieres que le eche un vistazo o no? - Si quieres.- Ummm, el cable rojo se ha salido del borne.- Muy bien, sería mucho pedir que lo volvieras a enganchar? - Ya está.- Dios es grande. Mierda.- No digas palabrotas.- No funciona.- Déjame comprobar los demás cables.- Puedes arreglarlo? - No me metas prisa, eh? Tengo que mirarlo bien, no te muevas." Qué os parece? No es sencillamente genial?
12. La mirada inocente, by Georges Simenon. Obviamente ésta no es ninguna novedad editorial pero sí puede ser una novedad literaria para muchos que sólo conozcan al gran Simenon a través de su personaje más emblemático, el famoso comisario Maigret. De hecho yo no tenía ni idea de que este hombre hubiera escrito otra cosa que no fuera novela negra. Aquí Simenon nos lleva a dar un paseo por la mirada limpia de un niño con una sensibilidad muy especial. Ese niño nos muestra una realidad muy dura, la del París de los primeros años del siglo XX, previos a la Gran Guerra, pero no el París de la gente pudiente y glamourosa, sino el otro, el de los que sobrevivían a duras penas, se hacinaban en cuchitriles y no tenían más que lo puesto. Y sin embargo la mirada de Louis es tan tierna y tan luminosa que os puedo prometer que vais a terminar queriendo igual que él ese otro París en el que el protagonista creció junto a su madre, vendedora ambulante, y sus hermanos. Qué grande Simenon!
13. Si Sabino viviría, by Iban Zaldua. El detective galáctico José Miguel López Belausteguieta, alias Cosmic Josemi, bebedor empedernido, trisexual y ludópata del mus, es contratado desde el planeta Nueva Euskadi para que baje a la Tierra y encuentre restos del ADN de Sabino Arana, padre del nacionalismo vasco, con objeto de insertarlos en el ordenador central de Nueva Euskadi, Sin embargo, los infames enemigos del planeta Tauro intentarán impedir que los restos de Sabino lleguen a su destino, complicando al máximo las labores de nuestro héroe. En su deambular por la galaxia tras el ADN de Arana, Cosmic Josemi contactará con un montón de personajes, algunos de ellos simpáticos androides, que le acompañarán en su aventura. Para que os decidáis a leer esta divertidísima novela intergaláctica, supercachonda y completamente irreverente baste decir que la frase más usada por el protagonista durante su misión es "Entonces de follar nada de nada, no?". El pobre Josemi no consigue controlar sus hurgalios ni en las más peligrosas ocasiones, y como es trisexual el mundo para él está lleno de tentaciones. Una caricatura en clave de ciencia-ficción, descojone asegurado, Iban Zaldua carga contra todo y contra todos: el nacionalismo vasco y también el español, las mafias literarias, el terrorismo de ETA, la Universidad como antro de corrupción, vicio e incompetencia... vamos, que no deja títere con cabeza, Pero lo mejor sin duda es que te partes de la risa con las ocurrencias, aventuras y desventuras del amigo Josemi. Un gran descubrimiento Zaldua, apúntatelo.
14. La enfermedad, by Alberto Barrera Tyszka. Ésta es una novela dura y, al contrario que la anterior, nada divertida. En ella se aborda la forma tan radical en que cambia la vida de las personas cuando en ella entra de repente la enfermedad, que todo lo invade y todo lo distorsiona. El protagonista es un médico que de repente se enfrenta a un cáncer terminal de su padre al mismo tiempo que le persigue un paciente convencido de estar gravemente enfermo. No es una novela apta para depresivos ni para hipocondríacos porque ciertamente tiene pasajes angustiosos pero es una reflexión muy acertada de lo que es nuestra relación con la vida, la enfermedad y la muerte. Tiene un gran final, y hasta aquí puedo contar. Ganó el prestigioso Premio Herralde de Novela, creo que muy merecidamente.
15. Ordeno y mando, by Amélie Nothomb. Te encuentras una noche en una fiesta y un tipo se te acerca y te dice que si alguna vez se te muere un invitado en casa sobre todo no avises a la policía. Casualmente al día siguiente alguien llama a tu puerta, te pide que le dejes entrar para hacer una llamada y súbitamente la palma. Pues así empieza esta historia que oscila entre lo kafkiano y lo cómico. Al protagonista se le muere un señor en su casa y como su vida es una mierda decide que va a intercambiar su personalidad con el difunto. A partir de ese momento todo lo que ocurre es una sucesión de situaciones surrealistas que desafían la verosimilitud del relato pero que sin embargo consiguen convencer al lector. En el fondo no deja de ser una historia de amor un tanto extraña que a algunos les gustará más y a otros menos pero que todos convendrán en que al menos es original. Es una novela cortita y se lee muy fácil. Por lo visto la autora es un crack allá por La France.
15. Ordeno y mando, by Amélie Nothomb. Te encuentras una noche en una fiesta y un tipo se te acerca y te dice que si alguna vez se te muere un invitado en casa sobre todo no avises a la policía. Casualmente al día siguiente alguien llama a tu puerta, te pide que le dejes entrar para hacer una llamada y súbitamente la palma. Pues así empieza esta historia que oscila entre lo kafkiano y lo cómico. Al protagonista se le muere un señor en su casa y como su vida es una mierda decide que va a intercambiar su personalidad con el difunto. A partir de ese momento todo lo que ocurre es una sucesión de situaciones surrealistas que desafían la verosimilitud del relato pero que sin embargo consiguen convencer al lector. En el fondo no deja de ser una historia de amor un tanto extraña que a algunos les gustará más y a otros menos pero que todos convendrán en que al menos es original. Es una novela cortita y se lee muy fácil. Por lo visto la autora es un crack allá por La France.
domingo, 30 de noviembre de 2014
Historia de unos ojos
Algunos tal vez recordaréis un post que escribí hace unos años en el que contaba las aventuras y desventuras de mis sufridas tetas. "Historia de unas tetas", titulé aquel relato de mis desgracias mamarias. La verdad es que en su momento obtuvo bastante éxito e incluso llegó a tener repercusión fuera del ámbito de mis lectores habituales, que, como ya sabéis, sois cuatro o cinco. Pues bien, hoy he decidido que le ha tocado el turno a los otros dos grandes perjudicados de mis maltrechas hechuras, mis ojos, una historia casi tan truculenta como la de las tetas pero que transcurre un poco más arriba. Advierto que el post es largo, así que os recomiendo que no lo leáis del tirón sino que os lo dosifiquéis convenientemente.
Puede que algunos de los que me conocéis en persona aunque no íntimamente os hayáis dado cuenta de que con frecuencia paso por vuestro lado y no os digo ni mu; es posible que incluso hayáis llegado a pensar que soy una estúpida de tomo y lomo. Bueno, pues independientemente de que pueda serlo en efecto, no es que no os salude por ser estúpida ni antipática (que ya digo que puede que lo sea) sino porque no os veo. Simple y llanamente.
Y vosotros diréis: bueno, tía, y por qué no te pones unas gafas para ir por ahí? Y yo os contesto: porque no me da la gana. Y es aquí donde viene la explicación y para ello es necesario que conozcáis la historia completa de mis ojos, incluso remontándonos a mis ancestros, de los que obviamente he heredado estos dos torpes luceros.
Mi fobia a las gafas se remonta a la niñez. Mi madre, que era una mujer muuuuy guapa, tenía más de 20 dioptrías de miopía en cada ojo. Yo siempre he identificado las gafas con la fealdad porque mi hermosa mamá cuando se ponía las suyas pasaba de ser la bella dama que realmente era a convertirse en una mezcla de Rompetechos y señor Barragán de escaso atractivo. La transformación era espectacular; tan es así que una vez que se puso a llover de sopetón y tuvo que bajar a prisa y corriendo a recogernos a la guardería a mis hermanos y a mí y no le dio tiempo a ponerse las lentillas, nuestra profesora no la reconoció, y cuando por fin se dio cuenta de quién era le espetó tal que así: "Juanita, por Diosss, está usted irreconocible. Haga el favor de no volver a ponerse esas gafas nunca, que no parece ni usted". Sí, amigos, se lo dijo con ese tacto y esa sensibilidad que algunas personas tienen para decir ciertas cosas. Vamos, como si Juanita fuera lady Gaga y llevara esas gafas por gusto y no por las 24 dioptrías con las que la naturaleza la había obsequiado.
Muchas veces recordó mi madre esa anécdota a lo largo de su vida, y siempre que lo hacía nos contaba cómo había llorado amargamente al llegar a casa, después de haber escuchado las "delicadas" palabras de aquella sutil profesora.
Yo heredé de mi madre, junto con su propensión a la ceguera, la fobia a las gafas como complemento infernal. En realidad yo he sido la heredera universal de todos los males de mi madre, al menos los referidos a tetas y ojos (espero sinceramente que la herencia se reduzca a eso porque la pobre tuvo que pasar en su vida por otros trances todavía peores que a mí me gustaría ahorrarme, si fuera posible).
Pues bien, como os iba contando, yo heredé esa fobia, tanto más porque cada año en la revisión del oculista cuando no me había subido una dioptría era que me habían subido dos. La visita anual al oculista era para mí una gran pesadilla porque veía de qué manera la miopía progresiva de mi madre, de sus tres herederos había decidido dejármela en exclusiva a mí. Y mientras mis hermanos, que también llevaban gafas, lucían unos cristales de un grosor prácticamente inamovible, los míos año tras año iban aumentando a velocidades ultrasónicas. De todas formas al menos pude librarme del temido parche en el ojo, que ése le tocó a mi hermano pequeño por mor de un ojo que le salió vago al chaval. Los míos, como eran igual de vagos los dos, no tenían problema en conjuntarse perfectamente.
En fin, las gafas y yo, yo y las gafas. A lo largo de mi vida, he tenido gafas de todos los tamaños y colores y con todas ellas me he visto siempre igual de espantosa y de adefesio. Por suerte a los 13 años ya consideró el oculista que tenía edad de ponerme lentillas y entonces fue cuando decidí que con gafas no volvería a salir a la calle nunca mais. Punto y pelota. Mis lentillas eran de las duras, en realidad era como tener dos chinos metidos en los ojos todo el día. Tanto me dolían que en cuanto entraba por la puerta de mi casa lo primero que hacía era correr a quitármelas, pero bueno, estaba dispuesta a soportar cualquier tormento con tal de no ponerme las gafas, y así lo hice durante todos los años del instituto y luego de la Universidad. Y no era sólo que la gente no me viera con gafas; era que no quería ni que supieran que era miope y llevaba lentillas, tal era la aversión que le tenía yo al tema. Claro, si se enteraban de que era miope podrían suponer que usaba gafas, y de ahí a imaginarme con ellas puestas iba un paso, así que prefería que nadie supiera lo cegatona que yo realmente estaba.
Con los años la cosa se fue suavizando y ya no me importaba que la gente lo supiera pero seguía empeñada en no ponerme las gafas delante de nadie. Sólo lo hice delante de mi novio cuando ya llevábamos un montón de años juntos y pensaba que nuestra relación podría superar ese duro trance. Y de hecho lo superó.
Hubo un momento difícil cuando me quedé embarazada de mi hijo el del medio porque no sé qué les pasó a mis ojos que desarrollaron una especie de alergia a las lentillas que hacía que no pudiera soportarlas ni un minuto puestas. El ojo me empezaba a arder y no tenía más remedio que quitármelas. Así que durante esos nueve meses empecé a ir a pelo por la calle y me acostumbré a desarrollar mis otros sentidos, igual que hacen los ciegos totales.
Por aquel entonces trabajaba de becaria en una biblioteca y normalmente estaba en el depósito de libros, así que cuando alguien venía y me entregaba la papeleta para que le sacara sus libros, yo me metía entre las estanterías y allí me colocaba las gafas para buscarlos y cuando ya los tenía me las volvía a quitar y llegaba hasta el usuario totalmente cegata con sus libros pero con una sonrisa radiante y más monísima que la mar. Y las gafas para salir a la calle no me las ponía ni muerta. Recuerdo que mi compi becaria me decía "hijaputa, ponte las gafas, aunque no sea por ti, por esa criatura que llevas dentro, que te vas a pegar una hostia por ahí y la vas a matar". Y yo contestaba, agarrada a ella como una garrapata: "Paso, no me las pienso poner. Mientras alguien pueda hacerme de lazarillo, yo sólo tengo que fijarme dónde pone los pies y ponerlos yo luego en el mismo sitio. Calla y ve pendiente de los escalones, no nos vayamos a pegar un cifostio".
Pero la verdad es que sí que me he pegado porrazos, y algunos de antología. He chocado contra farolas, contra árboles, contra señales de tráfico... he tropezado con escalones, bordillos, piedras, y todo tipo de obstáculos, he pisoteado a todo tipo de animalitos domésticos o callejeros... En fin, en pocas palabras, sí que era un peligro público y siempre lo he sido. Pero por ridículo que todo esto parezca, para mí ponerme las gafas era mil veces peor.
Recuerdo una vez, trabajando de becaria en Medicina, una mañana, antes de amanecer, iba yo tan orgullosa, con mi cabeza bien alta y feliz de la vida, cuando de repente me di un mamporrazo contra una farola que vi las estrellas y la nariz se me puso como un pimiento morrón. Lo peor es que detrás de mí venía una pandilla de cuatro o cinco tíos que se empezaron a descojonar, como no es para menos, y yo para disimular dije "Ufffff, es que viene una medio dormía a estas horas". Sí, sí, medio dormía! Que no veía un carajo, y mucho menos de madrugada, que no ven un pijo ni siquiera los que ven.
En fin, como digo, fui desarrollando poco a poco otros sentidos, entre ellos el de la intuición; naturalmente siempre he procurado moverme por los mismos sitios, las mismas calles, aquéllas con las que estoy familiarizada, con sus escalones, farolas y demás mobiliario urbano. Y si por estricta necesidad tengo que salir de mi habitat intento ir acompañada por alguien que me guíe sabiamente, bien agarrada de la manita, por territorio enemigo.
También, para no parecer una antipática de manual, he desarrollado otras técnicas de despiste y camuflaje. Por ejemplo, como está muy feo quedarse mirando a alguien fijamente y luego, si le conoces, no saludarle, procuro no mirar nunca a la gente directamente cuando ando. Suelo ir mirando al suelo o al cielo o a los lados, pero nunca al frente. Más de una vez he evitado pisar una mierda por este sencillo sistema, no porque vea la mierda propiamente sino porque veo una mancha y ante la posibilidad de que pueda ser una mierda, pues la esquivo. Igualmente habré evitado pisar todo tipo de cosas, pero seguro que alguna mierda había entre todas esas manchas.
Bueno, a lo que iba, que como creo que es mejor pecar por exceso que por defecto, en algunos sitios en los que es poco probable que me cruce con gente totalmente desconocida, como son mi calle o mi trabajo, lo que hago es saludar a todo el mundo indiscriminadamente confiando en que la mayoría me conozca de algo, o en el peor de los casos, que crea que le he confundido con otra persona. De todas formas habéis de saber que aunque os saludo yo no sé que os he saludado; sé que he saludado a alguien pero no a quién. Cuando iba por la calle con mi marido y él saludaba a alguien yo siempre lo hacía también, por si acaso, y luego él me decía: "Es Periquito, o Fulanito, o te has colao, a ése no lo conoces", pero cuando voy sola no me entero de a quién le digo ni hola ni adiós ni nada.
Mucha gente no sabe cómo puedo ir así por la vida y me comen la cabeza para que me ponga las gafas. Pero yo no pienso hacerlo, no lo he hecho nunca y ahora no lo voy a empezar a hacer. Y te dicen: "Pero si estás muy guapa con gafas". Y un huevo! Guapa ni guapa, estoy pa matarme. De hecho la única gente que está guapa con gafas es la que tiene una o dos dioptrías como mucho; nadie con seis ni siete ni ocho dioptrías está bonito con gafas; nadie. Y yo no soy una excepción.
En fin, mis ojos, después del embarazo aquel en el que empecé a moverme a tientas por la calle, han pasado por múltiples avatares. Después de nacer mi segundo hijo me operé de miopía (tenía entonces 10 dioptrías, astigmatismo aparte), y de momento me quedé más o menos bien, pero luego por diversas circunstancias (una anemia de caballo, otro embarazo inesperado, etc.) al final fui otra vez perdiendo visión poco a poco y recuperé una parte de las dioptrías que me había conseguido quitar.
De todas formas, si cuando veía menos que Pepeleches nunca me había puesto las gafas para salir no iba a empezar a hacerlo ahora, que la cosa era pecata minuta, porque para mí cuatro o cinco dioptrías es una mariconaílla sin importancia. Lo que pasa es que a la miopía y al astigmatismo con los años se unieron otras cosas. Aparte de la presbicia (que afortunadamente me afecta poco debido a mi miopía, por lo que de cerca veo bastante bien) y de incidencias varias, como cuando me salió el huevo frito en el ojo (por si tenéis curiosidad lo cuento en otro post de los de la etiqueta "anecdotario"), un buen día de repente me di cuenta de que con un ojo no veía casi nada. Al principio pensé que tenía las gafas sucias pero por más que las limpiaba con agua y jabón no conseguía ver mejor, hasta que me di cuenta de que no eran las gafas sino el ojo. Cuando fui de urgencias a la clínica me dijeron que había sufrido un derrame en la retina y que tenía una mancha en el centro del ojo que me quitaba prácticamente toda la visión frontal. Vamos, que por los lados aún veía algo, pero había perdido casi el 90% de capacidad visual.
La solución era operarme pero el médico no podía asegurarme que fuera a recuperar algo más del 50%, y luego, cuando leí los efectos secundarios posibles que podía tener la operación, que si desprendimiento de retina, que si glaucoma, que si tal que si cual, estaba a punto de firmar mi consentimiento cuando tiré los papeles al suelo, salí corriendo de allí como alma que lleva el diablo y me dije "Virgencita virgencita, que me quede como estoy". Y aunque no veía tres en un burro decidí que ya me acostumbraría. Y oye, poco a poco lo hice y empecé a ver algo mejor y a defenderme bien en mi trabajo. Y lo que son las cosas, no era sólo que me hubiera acostumbrado sino que efectivamente la mancha estaba remitiendo milagrosamente por sí sola. No del todo, por supuesto, pero sí lo que el médico me había asegurado que remitiría con la operación. Vamos, que me curé yo solita, y recuperé bastante visión. Chula que es una.
Cuando habían pasado unos años de este percance, otro buen día de repente estaba trabajando y se me aparecen unas moscas danzando delante. Yo no podía concentrarme porque las dichosas moscas no paraban de moverse pero cuando las quería atrapar desaparecían. En fin, abreviando, que las moscas no eran reales sino que eran otra invención de mis peculiares atributos oculares. Haaala, oooootra vez salí corriendo para la clínica y allí me dijeron que tranquila, que no tenía mayor importancia, que esto le pasa a mucha gente, sobre todo a los miopes, y que no tiene cura pero con el tiempo te acostumbras y casi dejas de ver las moscas. Y así es; efectivamente, pasado un tiempo las ignoras y casi te olvidas de que están ahí y tienes que esforzarte y concentrarte para verlas. Puedes leer y trabajar perfectamente sin que te molesten.
En fin, teniendo en cuenta todas estas vicisitudes, podréis entender que no me sorprendiera mucho cuando en mi última revisión ocular, me dice el oftalmólogo: "tú no te has dado cuenta de que no ves prácticamente nada con el ojo derecho?". Y yo: "Pues la verdad, no". "Pues sí, sólo tienes un 10% de visión en ese ojo". Yo creí que sería porque la mancha se había vuelto a extender, pero no; me hizo algunas pruebas y resultó que era una catarata; no de las causadas por la edad (sí, Kowalski, que soy vieja pero no tanto), sino una catarata miópica. No me extrañó tampoco porque mi madre también la tuvo a los 40 años y la pobre, después de toda una vida con sus veintitantas dioptrías, por fin consiguió en la madurez quitarse las gafas y poder ir por la vida bella y radiante como era ella de por sí. Anda que no estaba contenta!
La realidad es que cuando ves tan poco como yo he visto toda la vida es que si te pasa algo gordo en los ojos no te enteras como el resto de las personas. A lo mejor te das cuenta de que no guindas un huevo pero no te extrañas porque tampoco has guindado nunca, así que no le das mayor importancia. Vamos, que te dice un tío que ves un 10% de lo que deberías de ver, y piensas: "Y cuando he visto yo lo que debería de ver?" Y como con el otro ojo más o menos me defiendo bien lo cierto es que no me había percatado de la catarata.
Ahora estoy en capilla, esta semana me opero. Un poco acojonada porque odio que me toqueteen los ojos y me hagan pupa, pero esta vez no tengo más remedio. Y aunque teniendo en cuenta las particularidades de mis ojos las posibles secuelas se multiplican en mi caso, sé que tengo que hacerlo y punto. Vamos, que no voy a salir corriendo de nuevo, en plan paciente a la fuga.
Lo que voy a decir ahora no es por dramatizar; sé que a algunos les puede parecer muy fuerte pero para mí es un pensamiento habitual con el que estoy familiarizada desde hace muchos años y no lo veo especialmente terrible. Yo sé que mi final es la ceguera. Está dentro de la herencia que me dejó mi madre, que también terminó ciega los últimos años de su vida (murió a los 56). A ella también le gustaba escribir y llevaba un diario en el que contaba las cosas que pensaba o sentía pero en los últimos tiempos ya veía tan poco que tuvo que seguir con el diario grabando cintas de cassette. Yo he tenido mucha más suerte que ella, porque hoy en día con las nuevas tecnologías, yo podría seguir escribiendo perfectamente aun estando ciega. Y también puedo seguir leyendo, que es una de las cosas que más me gusta hacer en la vida.
Este porvenir mío tan oscuro (sí, amigos, un poco de humor negro nunca está de más) es algo que tengo asimilado hace años y estoy psicológicamente preparada para ello. Estoy muy contenta de vivir cerca de la ONCE, creo que es una feliz circunstancia, porque sé que más tarde o más temprano ése será mi lugar de trabajo y de estudio, tendré que aprender a valerme por mí misma y a usar las tecnologías para ciegos y luego me dedicaré a ayudar a otras personas a las que les pase lo mismo. Lo único que me gustaría es por lo menos seguir viendo los colores. Puedo concebir no ver las formas pero un mundo sin colores me parece horrible.
Cuando tienes claro que eso es algo que va a pasar sí o sí tarde o temprano porque lo llevas inscrito en tu ADN, lo único que esperas es que sea cuanto más tarde mejor, pero siempre piensas cuando te pasa algo nuevo en los ojos que el momento puede estar ya ahí. Yo ahora lo pienso con lo de la catarata, pero bueno, también lo pensé cuando lo de la mancha en la retina y luego no fue. No sé, el momento llegará pero no sé cuando.
Sí os digo desde ya que cuando ocurra os ahorraré la horrible visión de mis ojos ciegos, que es algo muy desagradable para los interlocutores, porque me plantificaré unas gafas de sol de ésas de espejo y no me las quitaré ni para dormir (con las gafas de sol nunca he tenido problema, al revés, me encantan; en realidad mi fobia nunca ha sido a las gafas sino a los cristales de las gafas). Igual que si me quedo tuerta, que también tengo pensadas varias soluciones estéticas para evitar el penoso espectáculo a mis seres queridos y a todo el mundo en general. Hace unos años vi una telenovela en la que salía una tía tuerta que se ponía unos parches de colores superchulos, incluso estampados, animal print y todo eso, y siempre los llevaba conjuntados con la ropa y demás complementos. Ésa podría ser una buena solución.
En fin, lo que peor llevo es que me pase algo que me provoque dolor. Yo para el dolor soy muy cagada, la verdad. Si eso me pasara tendría que estar drogada todo el día al más puro estilo doctor House. Pero "en no doliéndome", con lo demás cuento y creo que podría sobrellevarlo más o menos bien. Pienso que puedo ser muy útil en el futuro en la ONCE, sinceramente.
Bueno, pues aquí termina la historia de mis ojos hasta el día de hoy. Sé que puede haber resultado algo larga y pesada pero ya advertí que la podíais leer en plan fascículos. No os digo que recéis por mis ojos porque sé que la mayoría sois tan ateos como yo, pero sí que me mandéis energía positiva a raudales, o mejor que a mí, al cirujano que me operará, que espero por lo menos que no sea alcohólico ni tenga Parkinson.
Si alguien me quiere mal y me desea algo negativo debe de saber y le aviso desde ya que yo me hago siempre la pirámide mental y todo lo malo que me deseen choca contra mi pirámide, rebota y recae sobre el cabronazo que me lo ha deseado. Éste es el principal motivo por el que yo nunca le deseo tampoco mal a nadie, no sea que también se haga la pirámide y la cosa pueda terminar como el rosario de la Aurora.
En resumidas cuentas, no sé si la próxima vez que escriba por aquí veré con un ojo, con los dos o con ninguno... De todas formas, sea como fuere, seguiré dando la murga porque yo he nacido básicamente para incordiar y no pienso renunciar a ello, ni ciega ni sorda ni muda ni coja ni manca, y si me apuras, ni muerta.
Queridos todos, probablemente... continuará.
Puede que algunos de los que me conocéis en persona aunque no íntimamente os hayáis dado cuenta de que con frecuencia paso por vuestro lado y no os digo ni mu; es posible que incluso hayáis llegado a pensar que soy una estúpida de tomo y lomo. Bueno, pues independientemente de que pueda serlo en efecto, no es que no os salude por ser estúpida ni antipática (que ya digo que puede que lo sea) sino porque no os veo. Simple y llanamente.
Y vosotros diréis: bueno, tía, y por qué no te pones unas gafas para ir por ahí? Y yo os contesto: porque no me da la gana. Y es aquí donde viene la explicación y para ello es necesario que conozcáis la historia completa de mis ojos, incluso remontándonos a mis ancestros, de los que obviamente he heredado estos dos torpes luceros.
Mi fobia a las gafas se remonta a la niñez. Mi madre, que era una mujer muuuuy guapa, tenía más de 20 dioptrías de miopía en cada ojo. Yo siempre he identificado las gafas con la fealdad porque mi hermosa mamá cuando se ponía las suyas pasaba de ser la bella dama que realmente era a convertirse en una mezcla de Rompetechos y señor Barragán de escaso atractivo. La transformación era espectacular; tan es así que una vez que se puso a llover de sopetón y tuvo que bajar a prisa y corriendo a recogernos a la guardería a mis hermanos y a mí y no le dio tiempo a ponerse las lentillas, nuestra profesora no la reconoció, y cuando por fin se dio cuenta de quién era le espetó tal que así: "Juanita, por Diosss, está usted irreconocible. Haga el favor de no volver a ponerse esas gafas nunca, que no parece ni usted". Sí, amigos, se lo dijo con ese tacto y esa sensibilidad que algunas personas tienen para decir ciertas cosas. Vamos, como si Juanita fuera lady Gaga y llevara esas gafas por gusto y no por las 24 dioptrías con las que la naturaleza la había obsequiado.
Muchas veces recordó mi madre esa anécdota a lo largo de su vida, y siempre que lo hacía nos contaba cómo había llorado amargamente al llegar a casa, después de haber escuchado las "delicadas" palabras de aquella sutil profesora.
Yo heredé de mi madre, junto con su propensión a la ceguera, la fobia a las gafas como complemento infernal. En realidad yo he sido la heredera universal de todos los males de mi madre, al menos los referidos a tetas y ojos (espero sinceramente que la herencia se reduzca a eso porque la pobre tuvo que pasar en su vida por otros trances todavía peores que a mí me gustaría ahorrarme, si fuera posible).
Pues bien, como os iba contando, yo heredé esa fobia, tanto más porque cada año en la revisión del oculista cuando no me había subido una dioptría era que me habían subido dos. La visita anual al oculista era para mí una gran pesadilla porque veía de qué manera la miopía progresiva de mi madre, de sus tres herederos había decidido dejármela en exclusiva a mí. Y mientras mis hermanos, que también llevaban gafas, lucían unos cristales de un grosor prácticamente inamovible, los míos año tras año iban aumentando a velocidades ultrasónicas. De todas formas al menos pude librarme del temido parche en el ojo, que ése le tocó a mi hermano pequeño por mor de un ojo que le salió vago al chaval. Los míos, como eran igual de vagos los dos, no tenían problema en conjuntarse perfectamente.
En fin, las gafas y yo, yo y las gafas. A lo largo de mi vida, he tenido gafas de todos los tamaños y colores y con todas ellas me he visto siempre igual de espantosa y de adefesio. Por suerte a los 13 años ya consideró el oculista que tenía edad de ponerme lentillas y entonces fue cuando decidí que con gafas no volvería a salir a la calle nunca mais. Punto y pelota. Mis lentillas eran de las duras, en realidad era como tener dos chinos metidos en los ojos todo el día. Tanto me dolían que en cuanto entraba por la puerta de mi casa lo primero que hacía era correr a quitármelas, pero bueno, estaba dispuesta a soportar cualquier tormento con tal de no ponerme las gafas, y así lo hice durante todos los años del instituto y luego de la Universidad. Y no era sólo que la gente no me viera con gafas; era que no quería ni que supieran que era miope y llevaba lentillas, tal era la aversión que le tenía yo al tema. Claro, si se enteraban de que era miope podrían suponer que usaba gafas, y de ahí a imaginarme con ellas puestas iba un paso, así que prefería que nadie supiera lo cegatona que yo realmente estaba.
Con los años la cosa se fue suavizando y ya no me importaba que la gente lo supiera pero seguía empeñada en no ponerme las gafas delante de nadie. Sólo lo hice delante de mi novio cuando ya llevábamos un montón de años juntos y pensaba que nuestra relación podría superar ese duro trance. Y de hecho lo superó.
Hubo un momento difícil cuando me quedé embarazada de mi hijo el del medio porque no sé qué les pasó a mis ojos que desarrollaron una especie de alergia a las lentillas que hacía que no pudiera soportarlas ni un minuto puestas. El ojo me empezaba a arder y no tenía más remedio que quitármelas. Así que durante esos nueve meses empecé a ir a pelo por la calle y me acostumbré a desarrollar mis otros sentidos, igual que hacen los ciegos totales.
Por aquel entonces trabajaba de becaria en una biblioteca y normalmente estaba en el depósito de libros, así que cuando alguien venía y me entregaba la papeleta para que le sacara sus libros, yo me metía entre las estanterías y allí me colocaba las gafas para buscarlos y cuando ya los tenía me las volvía a quitar y llegaba hasta el usuario totalmente cegata con sus libros pero con una sonrisa radiante y más monísima que la mar. Y las gafas para salir a la calle no me las ponía ni muerta. Recuerdo que mi compi becaria me decía "hijaputa, ponte las gafas, aunque no sea por ti, por esa criatura que llevas dentro, que te vas a pegar una hostia por ahí y la vas a matar". Y yo contestaba, agarrada a ella como una garrapata: "Paso, no me las pienso poner. Mientras alguien pueda hacerme de lazarillo, yo sólo tengo que fijarme dónde pone los pies y ponerlos yo luego en el mismo sitio. Calla y ve pendiente de los escalones, no nos vayamos a pegar un cifostio".
Pero la verdad es que sí que me he pegado porrazos, y algunos de antología. He chocado contra farolas, contra árboles, contra señales de tráfico... he tropezado con escalones, bordillos, piedras, y todo tipo de obstáculos, he pisoteado a todo tipo de animalitos domésticos o callejeros... En fin, en pocas palabras, sí que era un peligro público y siempre lo he sido. Pero por ridículo que todo esto parezca, para mí ponerme las gafas era mil veces peor.
Recuerdo una vez, trabajando de becaria en Medicina, una mañana, antes de amanecer, iba yo tan orgullosa, con mi cabeza bien alta y feliz de la vida, cuando de repente me di un mamporrazo contra una farola que vi las estrellas y la nariz se me puso como un pimiento morrón. Lo peor es que detrás de mí venía una pandilla de cuatro o cinco tíos que se empezaron a descojonar, como no es para menos, y yo para disimular dije "Ufffff, es que viene una medio dormía a estas horas". Sí, sí, medio dormía! Que no veía un carajo, y mucho menos de madrugada, que no ven un pijo ni siquiera los que ven.
En fin, como digo, fui desarrollando poco a poco otros sentidos, entre ellos el de la intuición; naturalmente siempre he procurado moverme por los mismos sitios, las mismas calles, aquéllas con las que estoy familiarizada, con sus escalones, farolas y demás mobiliario urbano. Y si por estricta necesidad tengo que salir de mi habitat intento ir acompañada por alguien que me guíe sabiamente, bien agarrada de la manita, por territorio enemigo.
También, para no parecer una antipática de manual, he desarrollado otras técnicas de despiste y camuflaje. Por ejemplo, como está muy feo quedarse mirando a alguien fijamente y luego, si le conoces, no saludarle, procuro no mirar nunca a la gente directamente cuando ando. Suelo ir mirando al suelo o al cielo o a los lados, pero nunca al frente. Más de una vez he evitado pisar una mierda por este sencillo sistema, no porque vea la mierda propiamente sino porque veo una mancha y ante la posibilidad de que pueda ser una mierda, pues la esquivo. Igualmente habré evitado pisar todo tipo de cosas, pero seguro que alguna mierda había entre todas esas manchas.
Bueno, a lo que iba, que como creo que es mejor pecar por exceso que por defecto, en algunos sitios en los que es poco probable que me cruce con gente totalmente desconocida, como son mi calle o mi trabajo, lo que hago es saludar a todo el mundo indiscriminadamente confiando en que la mayoría me conozca de algo, o en el peor de los casos, que crea que le he confundido con otra persona. De todas formas habéis de saber que aunque os saludo yo no sé que os he saludado; sé que he saludado a alguien pero no a quién. Cuando iba por la calle con mi marido y él saludaba a alguien yo siempre lo hacía también, por si acaso, y luego él me decía: "Es Periquito, o Fulanito, o te has colao, a ése no lo conoces", pero cuando voy sola no me entero de a quién le digo ni hola ni adiós ni nada.
Mucha gente no sabe cómo puedo ir así por la vida y me comen la cabeza para que me ponga las gafas. Pero yo no pienso hacerlo, no lo he hecho nunca y ahora no lo voy a empezar a hacer. Y te dicen: "Pero si estás muy guapa con gafas". Y un huevo! Guapa ni guapa, estoy pa matarme. De hecho la única gente que está guapa con gafas es la que tiene una o dos dioptrías como mucho; nadie con seis ni siete ni ocho dioptrías está bonito con gafas; nadie. Y yo no soy una excepción.
En fin, mis ojos, después del embarazo aquel en el que empecé a moverme a tientas por la calle, han pasado por múltiples avatares. Después de nacer mi segundo hijo me operé de miopía (tenía entonces 10 dioptrías, astigmatismo aparte), y de momento me quedé más o menos bien, pero luego por diversas circunstancias (una anemia de caballo, otro embarazo inesperado, etc.) al final fui otra vez perdiendo visión poco a poco y recuperé una parte de las dioptrías que me había conseguido quitar.
De todas formas, si cuando veía menos que Pepeleches nunca me había puesto las gafas para salir no iba a empezar a hacerlo ahora, que la cosa era pecata minuta, porque para mí cuatro o cinco dioptrías es una mariconaílla sin importancia. Lo que pasa es que a la miopía y al astigmatismo con los años se unieron otras cosas. Aparte de la presbicia (que afortunadamente me afecta poco debido a mi miopía, por lo que de cerca veo bastante bien) y de incidencias varias, como cuando me salió el huevo frito en el ojo (por si tenéis curiosidad lo cuento en otro post de los de la etiqueta "anecdotario"), un buen día de repente me di cuenta de que con un ojo no veía casi nada. Al principio pensé que tenía las gafas sucias pero por más que las limpiaba con agua y jabón no conseguía ver mejor, hasta que me di cuenta de que no eran las gafas sino el ojo. Cuando fui de urgencias a la clínica me dijeron que había sufrido un derrame en la retina y que tenía una mancha en el centro del ojo que me quitaba prácticamente toda la visión frontal. Vamos, que por los lados aún veía algo, pero había perdido casi el 90% de capacidad visual.
La solución era operarme pero el médico no podía asegurarme que fuera a recuperar algo más del 50%, y luego, cuando leí los efectos secundarios posibles que podía tener la operación, que si desprendimiento de retina, que si glaucoma, que si tal que si cual, estaba a punto de firmar mi consentimiento cuando tiré los papeles al suelo, salí corriendo de allí como alma que lleva el diablo y me dije "Virgencita virgencita, que me quede como estoy". Y aunque no veía tres en un burro decidí que ya me acostumbraría. Y oye, poco a poco lo hice y empecé a ver algo mejor y a defenderme bien en mi trabajo. Y lo que son las cosas, no era sólo que me hubiera acostumbrado sino que efectivamente la mancha estaba remitiendo milagrosamente por sí sola. No del todo, por supuesto, pero sí lo que el médico me había asegurado que remitiría con la operación. Vamos, que me curé yo solita, y recuperé bastante visión. Chula que es una.
Cuando habían pasado unos años de este percance, otro buen día de repente estaba trabajando y se me aparecen unas moscas danzando delante. Yo no podía concentrarme porque las dichosas moscas no paraban de moverse pero cuando las quería atrapar desaparecían. En fin, abreviando, que las moscas no eran reales sino que eran otra invención de mis peculiares atributos oculares. Haaala, oooootra vez salí corriendo para la clínica y allí me dijeron que tranquila, que no tenía mayor importancia, que esto le pasa a mucha gente, sobre todo a los miopes, y que no tiene cura pero con el tiempo te acostumbras y casi dejas de ver las moscas. Y así es; efectivamente, pasado un tiempo las ignoras y casi te olvidas de que están ahí y tienes que esforzarte y concentrarte para verlas. Puedes leer y trabajar perfectamente sin que te molesten.
En fin, teniendo en cuenta todas estas vicisitudes, podréis entender que no me sorprendiera mucho cuando en mi última revisión ocular, me dice el oftalmólogo: "tú no te has dado cuenta de que no ves prácticamente nada con el ojo derecho?". Y yo: "Pues la verdad, no". "Pues sí, sólo tienes un 10% de visión en ese ojo". Yo creí que sería porque la mancha se había vuelto a extender, pero no; me hizo algunas pruebas y resultó que era una catarata; no de las causadas por la edad (sí, Kowalski, que soy vieja pero no tanto), sino una catarata miópica. No me extrañó tampoco porque mi madre también la tuvo a los 40 años y la pobre, después de toda una vida con sus veintitantas dioptrías, por fin consiguió en la madurez quitarse las gafas y poder ir por la vida bella y radiante como era ella de por sí. Anda que no estaba contenta!
La realidad es que cuando ves tan poco como yo he visto toda la vida es que si te pasa algo gordo en los ojos no te enteras como el resto de las personas. A lo mejor te das cuenta de que no guindas un huevo pero no te extrañas porque tampoco has guindado nunca, así que no le das mayor importancia. Vamos, que te dice un tío que ves un 10% de lo que deberías de ver, y piensas: "Y cuando he visto yo lo que debería de ver?" Y como con el otro ojo más o menos me defiendo bien lo cierto es que no me había percatado de la catarata.
Ahora estoy en capilla, esta semana me opero. Un poco acojonada porque odio que me toqueteen los ojos y me hagan pupa, pero esta vez no tengo más remedio. Y aunque teniendo en cuenta las particularidades de mis ojos las posibles secuelas se multiplican en mi caso, sé que tengo que hacerlo y punto. Vamos, que no voy a salir corriendo de nuevo, en plan paciente a la fuga.
Lo que voy a decir ahora no es por dramatizar; sé que a algunos les puede parecer muy fuerte pero para mí es un pensamiento habitual con el que estoy familiarizada desde hace muchos años y no lo veo especialmente terrible. Yo sé que mi final es la ceguera. Está dentro de la herencia que me dejó mi madre, que también terminó ciega los últimos años de su vida (murió a los 56). A ella también le gustaba escribir y llevaba un diario en el que contaba las cosas que pensaba o sentía pero en los últimos tiempos ya veía tan poco que tuvo que seguir con el diario grabando cintas de cassette. Yo he tenido mucha más suerte que ella, porque hoy en día con las nuevas tecnologías, yo podría seguir escribiendo perfectamente aun estando ciega. Y también puedo seguir leyendo, que es una de las cosas que más me gusta hacer en la vida.
Este porvenir mío tan oscuro (sí, amigos, un poco de humor negro nunca está de más) es algo que tengo asimilado hace años y estoy psicológicamente preparada para ello. Estoy muy contenta de vivir cerca de la ONCE, creo que es una feliz circunstancia, porque sé que más tarde o más temprano ése será mi lugar de trabajo y de estudio, tendré que aprender a valerme por mí misma y a usar las tecnologías para ciegos y luego me dedicaré a ayudar a otras personas a las que les pase lo mismo. Lo único que me gustaría es por lo menos seguir viendo los colores. Puedo concebir no ver las formas pero un mundo sin colores me parece horrible.
Cuando tienes claro que eso es algo que va a pasar sí o sí tarde o temprano porque lo llevas inscrito en tu ADN, lo único que esperas es que sea cuanto más tarde mejor, pero siempre piensas cuando te pasa algo nuevo en los ojos que el momento puede estar ya ahí. Yo ahora lo pienso con lo de la catarata, pero bueno, también lo pensé cuando lo de la mancha en la retina y luego no fue. No sé, el momento llegará pero no sé cuando.
Sí os digo desde ya que cuando ocurra os ahorraré la horrible visión de mis ojos ciegos, que es algo muy desagradable para los interlocutores, porque me plantificaré unas gafas de sol de ésas de espejo y no me las quitaré ni para dormir (con las gafas de sol nunca he tenido problema, al revés, me encantan; en realidad mi fobia nunca ha sido a las gafas sino a los cristales de las gafas). Igual que si me quedo tuerta, que también tengo pensadas varias soluciones estéticas para evitar el penoso espectáculo a mis seres queridos y a todo el mundo en general. Hace unos años vi una telenovela en la que salía una tía tuerta que se ponía unos parches de colores superchulos, incluso estampados, animal print y todo eso, y siempre los llevaba conjuntados con la ropa y demás complementos. Ésa podría ser una buena solución.
En fin, lo que peor llevo es que me pase algo que me provoque dolor. Yo para el dolor soy muy cagada, la verdad. Si eso me pasara tendría que estar drogada todo el día al más puro estilo doctor House. Pero "en no doliéndome", con lo demás cuento y creo que podría sobrellevarlo más o menos bien. Pienso que puedo ser muy útil en el futuro en la ONCE, sinceramente.
Bueno, pues aquí termina la historia de mis ojos hasta el día de hoy. Sé que puede haber resultado algo larga y pesada pero ya advertí que la podíais leer en plan fascículos. No os digo que recéis por mis ojos porque sé que la mayoría sois tan ateos como yo, pero sí que me mandéis energía positiva a raudales, o mejor que a mí, al cirujano que me operará, que espero por lo menos que no sea alcohólico ni tenga Parkinson.
Si alguien me quiere mal y me desea algo negativo debe de saber y le aviso desde ya que yo me hago siempre la pirámide mental y todo lo malo que me deseen choca contra mi pirámide, rebota y recae sobre el cabronazo que me lo ha deseado. Éste es el principal motivo por el que yo nunca le deseo tampoco mal a nadie, no sea que también se haga la pirámide y la cosa pueda terminar como el rosario de la Aurora.
En resumidas cuentas, no sé si la próxima vez que escriba por aquí veré con un ojo, con los dos o con ninguno... De todas formas, sea como fuere, seguiré dando la murga porque yo he nacido básicamente para incordiar y no pienso renunciar a ello, ni ciega ni sorda ni muda ni coja ni manca, y si me apuras, ni muerta.
Queridos todos, probablemente... continuará.
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