- Por diossss, qué vergüenzaaaaa!
- El qué, ma?
- Cuando me he quedado encerrada en el anorak amarillo.
- Sí, ha sido horrible.
- Qué bochorno!
- Ay si! Yo ha habido un momento en que me he sentido como esas madres que en la puerta del cole intentan desabrocharle el abrigo al niño. Es que eres muy torpe, ma.
- Y to la cola que teníamos detrás. Madre mía!
- Jajajajajaja! Y tú ahí: No puedooooorrrr, no puedoooooorrrr! Estabas muy graciosa
- Qué vergüenza!
- Y yo: pase pase, señora. Jajajajajaja, qué momentazo!
Mantengo esta conversación con mi hija mientras nos tomamos una reparadora cerveza tras una mañana de compras bastante accidentada.
La cuestión es que estábamos en el Bershka y yo vi un anorak rojo que me encantó, tanto que decidí llevármelo también en color mostaza, muy de moda ahora por cierto. Como estaba a muy buen precio podía permitirme perfectamente un dos por uno. El problema es que la única talla que quedaba del amarillo era la XS. Por eso estaba en la cola esperando para pagar sólo con el rojo, aunque no muy convencida.
Le digo a mi hija:
- Pos yo voy a probarme la XS. No puede ser mucho más chica que la S.
- Vale, yo me quedo en la cola.
Voy rauda y vuelvo a la cola a probarme el anorak. Compruebo que estaba equivocada y que sí se queda demasiado estrecho, vamos, que de las tetas no pasa. Y entonces, al ir a desabrochármelo me doy cuenta de que la cremallera se ha atascado.
Os lo podéis imaginar: un colazo impresionante detrás de nosotras, mi hija cargada con todas las cosas que llevábamos y yo intentando con nulo éxito desatascar la cremallera. Un calor de la hostia con la calefacción a tope y encima con el bochorno de haberme quedado encerrada en un puto anorak, y aquello que no tiraba ni palante ni patrás.
Mi hija:
- Anda, quita, que eres muy torpe. A ver si yo puedo.
- Sí por favooooooor!
Y ahí las dos, yo cada vez más acalorada y más colorada, y mi hija pegando tirones de la cremallera, y diciéndoles a las de la cola que nos adelantaran. Porque a todo esto ya había llegado nuestro turno de pagar y las dos seguíamos enfrascadas en la batalla. Y venga a pasar gente por delante y nosotras erre que erre.
Por fin en una de las intentonas la cremallera cede y ya a esas alturas sudando la gota gorda me consigo quitar el puto anorak amarillo y llegar a la caja más muerta que viva y deseando salir de allí a toda leche.
Ir de compras puede convertirse a veces en un deporte de riesgo. Por no hablar de las calorías que se queman. Es muy probable que yo en ese rato quemara el equivalente a correr la maratón de Nueva York.
Salí del Bershka con un propósiuo de enmieda: nunca más ponerme a probarme cosas en medio de una cola.
Y otra cosa: puede ser una señal del destino de que soy una gran artista. Quizás debería olvidarme del amarillo.
Mostrando entradas con la etiqueta Moda. Mostrar todas las entradas
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lunes, 15 de enero de 2018
viernes, 10 de noviembre de 2017
Opinar, ese peligroso deporte de riesgo
Estoy con mis amigas y una vez más sale a relucir el tema de mi blog y de los problemas que me ocasiona con alguna gente. Un tema recurrente que ya he tratado aquí unas cuantas veces pero sobre el que periódicamente tengo que volver sí o sí porque aún hay gente que se lo toma regulín.
Hace tiempo abrí un post sobre una novela, "El libro de la señorita Buncle", la historia de una dama, habitante de un pequeño pueblo, que escribía un libro en el que retrataba más o menos disimuladamente a sus vecinos y aunque lo hacía bajo pseudónimo y nadie sabía a ciencia cierta quién era la autora, se daba cuenta del lío que había organizado y de la animadversión que había generado a su alrededor. En su momento me sentí totalmente identificada con la señorita Buncle y ése era el "late motiv" de aquel post. Por si alguien no lo leyó y quiere hacerlo ahora paso el enlace:
http://arfondoalaizquierda.blogspot.com.es/2016/04/el-libro-de-la-senorita-buncle-by-d-e.html
Prácticamente todos los escritores, tanto los famosos como los amateurs, tienen ese tipo de problemas. Lo contaba perfectamente también Elvira Lindo en aquella carta abierta que dedicó en El País Semanal a una amiga que había dejado de hablarle después de verse claramente reflejada en un personaje de una de sus novelas. En fin, gajes del oficio.
En mi caso no escribo ficción, sólo artículos de opinión. Para más inri lo hago en mi propio blog, en el que diserto y despotrico de todo lo humano y divino: política, asuntos domésticos, cuestiones estéticas, morales, religiosas, etc. Está claro que entrar en él es totalmente voluntario y que nadie pone una pistola en el pecho a nadie.
Evidentemente yo hago esto porque siento esa necesidad de opinar sobre todo y de escribirlo. A ver, qué le vamos a hacer si tengo alma de tertuliana... aunque haya terminado siendo bibliotecaria. Algún desahogo tenía que tener, y este blog es ese desahogo. Incluso muchos de esos tertulianos que van de tele en tele y de radio en radio tienen aparte su propia página para seguir opinando cuando están tranquilamente en su casita, para que os déis cuenta de hasta qué punto engancha esto de opinar y disertar cuando se tiene tendencia al turboverborreo.
En fin, que es algo que no podemos evitar. Y está claro que no se puede contentar a todo el mundo. Estoy convencida de que hay mucha gente que lee este blog que se siente molesta o defraudada conmigo por mis opiniones políticas o literarias o de lo que sea pero es que esas opiniones son las que son, y de eso se trata, de contarlas, argumentarlas y defenderlas apasionadamente. Y si para alguien son insoportablemente molestas e incluso ofensivas la única solución es que no las lea.
Por otra parte, no dejan de ser opiniones personales, no sentencias, vamos que las opiniones son como el culo, que cada cual tiene el suyo, y tampoco hay que tomarse las mías como algo irrefutable o como palabra divina. Ya sé que si escribiera bajo pseudónimo como la señorita Buncle sería una muchacha bastante más popular entre mis conocidos pero es que en los tiempos que corren en los que mucha gente se esconde en el anonimato para soltar auténticas burradas por las redes, yo prefiero escribir con mi nombre y apellidos, pase lo que pase y me exponga a lo que me exponga. Hoy en día opinar ha llegado a ser un peligrosísimo deporte de riesgo porque hay muchísima gente que incluso querría meter en la cárcel a quien piensa distinto a él. O verle muerto, que haberlos haylos, que hay mucho loco por ahí.
Aunque parezca una tontería, el tema estético es de los que más soliviantan al personal. Salió a relucir en esta reunión de amigas un reciente post mío sobre la poca propensión de mis compañeras de trabajo al maquillaje y por algunos de sus gustos en el vestir y en el peinado, un post que por lo visto fue bastante controvertido, y a mí eso precisamente es lo que me mola; crear polémica es el principal objetivo de este blog, y cuando lo consigo olé mi pipa. Hombre, lo suyo sería que la controversia ocurriera en el mismo blog pero ya he perdido la esperanza de que la gente se registre aquí y los debates le den vidilla a mis posts. Me conformo con saber que fuera de aquí la gente discute sobre lo que escribo. Menos es nada.
Hoy voy a dar la matraca precisamente con el tema de la indumentaria, y si levanto ampollas mejor que mejor. En este aspecto mis gustos son claros y ampliamente conocidos, y mis fobias también.
Ésta es una ciudad muy provinciana en la que la mayoría de la gente se viste de forma terriblemente aburrida, sin gracia, sin arriesgar nada. La inmensa mayoría preferiría morir antes de ponerse algo que llamara mínimamente la atención. La consigna generalizada es "discreción absoluta, que no me miren dos veces por nada del mundo". Penoso, de verdad. Te vas a una gran urbe, Madrid, Barcelona, Bruselas, Londres, cualquier capital europea, y ves a todo tipo de gente con los looks más variados, pero aquí cualquier cosa que te pongas que se salga de lo "normal" es objeto de pasmo o directamente de espanto. Por ejemplo, si te haces un pequeño tatu (yo me lo he hecho recientemente, hablo por tanto con conocimiento de causa) algunos te dicen que estás loca perdida, tal que si te hubieras tatuado el cuerpo entero, globos oculares incluídos. En esta ciudad a poco que te pongas algo diferente te conviertes en una excéntrica, una rarita, una friki o directamente un espantajo.
Vuelvo a repetir que para gustos colores, y que ésta es solo una opinión, la mía, pero tengo que decir que mi experiencia vital me confirma que las personas que se visten con absoluta discreción y que nunca se salen de lo estrictamente correcto son así en su vida: correctas, discretas, convencionales y en general... poco interesantes. Y a la viceversa, la gente que viste de forma original y divertida suele ser igualmente original y divertida y tener muy poco miedo a lo que piensen los demás, que a mi juicio es una de las cualidades más positivas que puede tener una persona. Me provoca también bastante aversión la gente que siempre está pendiente de lo que piensan los otros. No sé cómo se puede vivir así, la verdad. Yo creo que es por eso por lo que la gran mayoría nunca se pone nada que pueda destacar mínimamente. Ya sabéis, la consigna: NO LLAMAR LA ATENCIÓN.
Tengo que darle la razón a mi amiga la cordobifóbica en que ésta es una ciudad pacata y cateta a más no poder. La gente tiene pánico a señalarse. Se gasta un dineral en ropa absolutamente neutra, que no dice nada y sólo provoca indiferencia, ni fu ni fa ni chicha ni limoná. Cero glamour. Lo mismo daría si llevaran un saco patatas, haría el mismo efecto. Yo creo que a muchos incluso no les importaría llevar uniforme porque así no se complicarían la vida y además estarían perfectamente camuflados entre la muchedumbre. La verdad es que ya lo están, aunque no lo sepan. Y encima consideran una excentricidad cosas tan simples como comprar ropa de segunda mano, mucho más si te ha costado dos duros. Un uso, por cierto, muy común en las ciudades europeas más cosmopolitas, donde los mercadillos y tiendas de segunda mano son muy corrientes y están siempre llenos de gente, pero que en un sitio tan cutre como éste nunca triunfará.
En definitiva, en cuestión de moda una ciudad soporíferamente aburrida, gris, sosa, "esaboría", en la que cosas como llevar los calcetines o las uñas de distintos colores son sinónimo de extravagancia. No te digo ya si te pones el pelo morado o verde. Muérete de pena.
Yo tengo perfectamente asumida mi condición de rarita, incluso la llevo "con orgullo y satisfacción", y por eso precisamente, desde mi posición de friki confesa me puedo permitir criticar la pacatería generalizada. Y si alguien se siente aludido y/o molesto lo tiene fácil, siempre se puede pasar al lado oscuro. Si quiere hasta le puedo prestar alguna cosilla de ésas raritas de dos euros que me compro, que yo soy muy de compartir.
Y por supuesto... bienvenidos al club.
Hace tiempo abrí un post sobre una novela, "El libro de la señorita Buncle", la historia de una dama, habitante de un pequeño pueblo, que escribía un libro en el que retrataba más o menos disimuladamente a sus vecinos y aunque lo hacía bajo pseudónimo y nadie sabía a ciencia cierta quién era la autora, se daba cuenta del lío que había organizado y de la animadversión que había generado a su alrededor. En su momento me sentí totalmente identificada con la señorita Buncle y ése era el "late motiv" de aquel post. Por si alguien no lo leyó y quiere hacerlo ahora paso el enlace:
http://arfondoalaizquierda.blogspot.com.es/2016/04/el-libro-de-la-senorita-buncle-by-d-e.html
Prácticamente todos los escritores, tanto los famosos como los amateurs, tienen ese tipo de problemas. Lo contaba perfectamente también Elvira Lindo en aquella carta abierta que dedicó en El País Semanal a una amiga que había dejado de hablarle después de verse claramente reflejada en un personaje de una de sus novelas. En fin, gajes del oficio.
En mi caso no escribo ficción, sólo artículos de opinión. Para más inri lo hago en mi propio blog, en el que diserto y despotrico de todo lo humano y divino: política, asuntos domésticos, cuestiones estéticas, morales, religiosas, etc. Está claro que entrar en él es totalmente voluntario y que nadie pone una pistola en el pecho a nadie.
Evidentemente yo hago esto porque siento esa necesidad de opinar sobre todo y de escribirlo. A ver, qué le vamos a hacer si tengo alma de tertuliana... aunque haya terminado siendo bibliotecaria. Algún desahogo tenía que tener, y este blog es ese desahogo. Incluso muchos de esos tertulianos que van de tele en tele y de radio en radio tienen aparte su propia página para seguir opinando cuando están tranquilamente en su casita, para que os déis cuenta de hasta qué punto engancha esto de opinar y disertar cuando se tiene tendencia al turboverborreo.
En fin, que es algo que no podemos evitar. Y está claro que no se puede contentar a todo el mundo. Estoy convencida de que hay mucha gente que lee este blog que se siente molesta o defraudada conmigo por mis opiniones políticas o literarias o de lo que sea pero es que esas opiniones son las que son, y de eso se trata, de contarlas, argumentarlas y defenderlas apasionadamente. Y si para alguien son insoportablemente molestas e incluso ofensivas la única solución es que no las lea.
Por otra parte, no dejan de ser opiniones personales, no sentencias, vamos que las opiniones son como el culo, que cada cual tiene el suyo, y tampoco hay que tomarse las mías como algo irrefutable o como palabra divina. Ya sé que si escribiera bajo pseudónimo como la señorita Buncle sería una muchacha bastante más popular entre mis conocidos pero es que en los tiempos que corren en los que mucha gente se esconde en el anonimato para soltar auténticas burradas por las redes, yo prefiero escribir con mi nombre y apellidos, pase lo que pase y me exponga a lo que me exponga. Hoy en día opinar ha llegado a ser un peligrosísimo deporte de riesgo porque hay muchísima gente que incluso querría meter en la cárcel a quien piensa distinto a él. O verle muerto, que haberlos haylos, que hay mucho loco por ahí.
Aunque parezca una tontería, el tema estético es de los que más soliviantan al personal. Salió a relucir en esta reunión de amigas un reciente post mío sobre la poca propensión de mis compañeras de trabajo al maquillaje y por algunos de sus gustos en el vestir y en el peinado, un post que por lo visto fue bastante controvertido, y a mí eso precisamente es lo que me mola; crear polémica es el principal objetivo de este blog, y cuando lo consigo olé mi pipa. Hombre, lo suyo sería que la controversia ocurriera en el mismo blog pero ya he perdido la esperanza de que la gente se registre aquí y los debates le den vidilla a mis posts. Me conformo con saber que fuera de aquí la gente discute sobre lo que escribo. Menos es nada.
Hoy voy a dar la matraca precisamente con el tema de la indumentaria, y si levanto ampollas mejor que mejor. En este aspecto mis gustos son claros y ampliamente conocidos, y mis fobias también.
Ésta es una ciudad muy provinciana en la que la mayoría de la gente se viste de forma terriblemente aburrida, sin gracia, sin arriesgar nada. La inmensa mayoría preferiría morir antes de ponerse algo que llamara mínimamente la atención. La consigna generalizada es "discreción absoluta, que no me miren dos veces por nada del mundo". Penoso, de verdad. Te vas a una gran urbe, Madrid, Barcelona, Bruselas, Londres, cualquier capital europea, y ves a todo tipo de gente con los looks más variados, pero aquí cualquier cosa que te pongas que se salga de lo "normal" es objeto de pasmo o directamente de espanto. Por ejemplo, si te haces un pequeño tatu (yo me lo he hecho recientemente, hablo por tanto con conocimiento de causa) algunos te dicen que estás loca perdida, tal que si te hubieras tatuado el cuerpo entero, globos oculares incluídos. En esta ciudad a poco que te pongas algo diferente te conviertes en una excéntrica, una rarita, una friki o directamente un espantajo.
Vuelvo a repetir que para gustos colores, y que ésta es solo una opinión, la mía, pero tengo que decir que mi experiencia vital me confirma que las personas que se visten con absoluta discreción y que nunca se salen de lo estrictamente correcto son así en su vida: correctas, discretas, convencionales y en general... poco interesantes. Y a la viceversa, la gente que viste de forma original y divertida suele ser igualmente original y divertida y tener muy poco miedo a lo que piensen los demás, que a mi juicio es una de las cualidades más positivas que puede tener una persona. Me provoca también bastante aversión la gente que siempre está pendiente de lo que piensan los otros. No sé cómo se puede vivir así, la verdad. Yo creo que es por eso por lo que la gran mayoría nunca se pone nada que pueda destacar mínimamente. Ya sabéis, la consigna: NO LLAMAR LA ATENCIÓN.
Tengo que darle la razón a mi amiga la cordobifóbica en que ésta es una ciudad pacata y cateta a más no poder. La gente tiene pánico a señalarse. Se gasta un dineral en ropa absolutamente neutra, que no dice nada y sólo provoca indiferencia, ni fu ni fa ni chicha ni limoná. Cero glamour. Lo mismo daría si llevaran un saco patatas, haría el mismo efecto. Yo creo que a muchos incluso no les importaría llevar uniforme porque así no se complicarían la vida y además estarían perfectamente camuflados entre la muchedumbre. La verdad es que ya lo están, aunque no lo sepan. Y encima consideran una excentricidad cosas tan simples como comprar ropa de segunda mano, mucho más si te ha costado dos duros. Un uso, por cierto, muy común en las ciudades europeas más cosmopolitas, donde los mercadillos y tiendas de segunda mano son muy corrientes y están siempre llenos de gente, pero que en un sitio tan cutre como éste nunca triunfará.
En definitiva, en cuestión de moda una ciudad soporíferamente aburrida, gris, sosa, "esaboría", en la que cosas como llevar los calcetines o las uñas de distintos colores son sinónimo de extravagancia. No te digo ya si te pones el pelo morado o verde. Muérete de pena.
Yo tengo perfectamente asumida mi condición de rarita, incluso la llevo "con orgullo y satisfacción", y por eso precisamente, desde mi posición de friki confesa me puedo permitir criticar la pacatería generalizada. Y si alguien se siente aludido y/o molesto lo tiene fácil, siempre se puede pasar al lado oscuro. Si quiere hasta le puedo prestar alguna cosilla de ésas raritas de dos euros que me compro, que yo soy muy de compartir.
Y por supuesto... bienvenidos al club.
lunes, 25 de septiembre de 2017
Mi vestido psicodélico
Tengo un vestido MONÍSIMO que te cagas. Estilo setentero, muy mini muy mini muy mini, con un estampado psicodélico a base de círculos rojos, dorados y negros de distintos tamaños. Una chulada. Parece recién salido de un vídeo del Ballet Zoom, el de Valerio Lazarov y Giorgio Aresu, los de mi quinta os acordaréis perfectamente. El caso es que rara es la vez que me lo pongo y no me pregunta alguien por él, causa verdadero furor.
Fue amor a primera vista. Lo encontré en un puestecillo de ropa de segunda mano al que me llevó una amiga mía. En realidad fue ella la que lo vio primero:
- Mira tíaaaaa, es ideal para ti!
- Qué chulooooooo! Pero es vestido o camiseta? Porque pa vestido es muy corto, no?
- Es vestido, pero si se queda muy corto siempre te lo puedes poner con un pantaloncito debajo.
Y así fue. Me lo compré y como efectivamente era demasiado corto y a poco que subieras un escalón se veía todo, siempre me lo pongo con un pantaloncillo negro deportivo por debajo.
Este finde fuimos a un conciertillo de música setentera y por supuesto me lo puse. Nada más entrar se me acerca un pollo, un auténtico Viceverso de manual:
- Cómo me gusta tu vestido!
- 1 euro.
- Cómo?
- Que me costó 1 euro.
- Venga ya!
El tío me saca 3 euros:
- Te lo compro.
- Ni pensarlo.
- 5 euros.
Bueno, y así se tiró un buen rato haciéndome ofertas, que por supuesto rechacé taxativamente.
En realidad no me costó 1 euro sino 3 pero a mí me gusta decir que fue 1 porque es mucho más impactante.
Mi amiga:
- Tú eres tonta! No le digas a la gente que te costó 1 euro el vestido!
- Por qué? Si estoy muy orgullosa. Cuando tienes el talento de comprar ropa chula a precios de risa tienes que vacilar de ese talento y no esconderlo.
- Pues yo no lo diría.
Mi amiga es también asidua de ese puestecillo; de hecho tiene un armario completo superfashion a base de lo que se compra en él. Pero ella es de la opinión de que estas cosas no se deben de pregonar mientras que yo soy de las que me vanaglorio de mis felices hallazgos en el mundo de la ganga. Máxime porque no estoy contribuyendo a la explotación de nadie ni nada de eso sino que es porque me encanta ponerme ropa de segunda mano, y además de paso reciclo.
Mi hija ha heredado esta actitud mía. Fue el año pasado a una boda con un vestidazo guapísimo que se había comprado por 5 euros y, cuando la gente le alababa el buen gusto, muy ufana, sonriente y henchida de satisfacción confesaba:
- 5 euros.
Para mí decir lo que me ha costado un modelazo que además es ensalzado por la gente es una satisfacción, un verdadero placer social. Está al mismo nivel que decir la edad verdadera. Mucha gente se resiste a hacerlo, sobre todo si aparenta menos edad de la que realmente tiene. Yo prefiero mil veces decir que tengo 51 años y que todo el mundo se sorprenda porque creían que tenía unos cuantos menos que decir por ejemplo que tengo 41 y que piensen: "Pos qué mal llevaos!". Que oye, aunque no te lo digan, lo piensan.
Mi tesis es que de este tipo de cosas hay que enorgullecerse. De la edad, si está bien llevada. De que eres la que más barato compra del mundo. Y por supuesto de que vas hecha un pincel de arriba abajo por el mismo precio que otra gente se compra como mucho unas bragas. Y algunas ni eso.
Y para que el mundo entero lo sepa, que conste en acta: HOY QUIERO CONFESAAAAAAAR!
Fue amor a primera vista. Lo encontré en un puestecillo de ropa de segunda mano al que me llevó una amiga mía. En realidad fue ella la que lo vio primero:
- Mira tíaaaaa, es ideal para ti!
- Qué chulooooooo! Pero es vestido o camiseta? Porque pa vestido es muy corto, no?
- Es vestido, pero si se queda muy corto siempre te lo puedes poner con un pantaloncito debajo.
Y así fue. Me lo compré y como efectivamente era demasiado corto y a poco que subieras un escalón se veía todo, siempre me lo pongo con un pantaloncillo negro deportivo por debajo.
Este finde fuimos a un conciertillo de música setentera y por supuesto me lo puse. Nada más entrar se me acerca un pollo, un auténtico Viceverso de manual:
- Cómo me gusta tu vestido!
- 1 euro.
- Cómo?
- Que me costó 1 euro.
- Venga ya!
El tío me saca 3 euros:
- Te lo compro.
- Ni pensarlo.
- 5 euros.
Bueno, y así se tiró un buen rato haciéndome ofertas, que por supuesto rechacé taxativamente.
En realidad no me costó 1 euro sino 3 pero a mí me gusta decir que fue 1 porque es mucho más impactante.
Mi amiga:
- Tú eres tonta! No le digas a la gente que te costó 1 euro el vestido!
- Por qué? Si estoy muy orgullosa. Cuando tienes el talento de comprar ropa chula a precios de risa tienes que vacilar de ese talento y no esconderlo.
- Pues yo no lo diría.
Mi amiga es también asidua de ese puestecillo; de hecho tiene un armario completo superfashion a base de lo que se compra en él. Pero ella es de la opinión de que estas cosas no se deben de pregonar mientras que yo soy de las que me vanaglorio de mis felices hallazgos en el mundo de la ganga. Máxime porque no estoy contribuyendo a la explotación de nadie ni nada de eso sino que es porque me encanta ponerme ropa de segunda mano, y además de paso reciclo.
Mi hija ha heredado esta actitud mía. Fue el año pasado a una boda con un vestidazo guapísimo que se había comprado por 5 euros y, cuando la gente le alababa el buen gusto, muy ufana, sonriente y henchida de satisfacción confesaba:
- 5 euros.
Para mí decir lo que me ha costado un modelazo que además es ensalzado por la gente es una satisfacción, un verdadero placer social. Está al mismo nivel que decir la edad verdadera. Mucha gente se resiste a hacerlo, sobre todo si aparenta menos edad de la que realmente tiene. Yo prefiero mil veces decir que tengo 51 años y que todo el mundo se sorprenda porque creían que tenía unos cuantos menos que decir por ejemplo que tengo 41 y que piensen: "Pos qué mal llevaos!". Que oye, aunque no te lo digan, lo piensan.
Mi tesis es que de este tipo de cosas hay que enorgullecerse. De la edad, si está bien llevada. De que eres la que más barato compra del mundo. Y por supuesto de que vas hecha un pincel de arriba abajo por el mismo precio que otra gente se compra como mucho unas bragas. Y algunas ni eso.
Y para que el mundo entero lo sepa, que conste en acta: HOY QUIERO CONFESAAAAAAAR!
sábado, 6 de abril de 2013
La ropa, ese espejo del alma
Charlando el otro día con unas compañeras de trabajo de repente reparé en que una de ellas llevaba la misma ropa que el día anterior y, como era un conjunto que me gustaba y me parecía que le sentaba bien, se lo comenté y le pregunté si efectivamente era el mismo. Me respondió que sí, y aún más, me dijo que tenía por costumbre cambiarse de ropa cada dos días, detalle en el que yo nunca había reparado.
Esta intrascendente conversación dio lugar, sin embargo, a otra mucho más interesante que es la que me ha llevado a escribir este post. A raiz del comentario de esta chica hubo quien dijo que también lo hacía así, y en general la mayoría de los compañeros coincidieron en que se cambiaban de ropa un par de veces por semana o cuando les parecía que estaba sucia y la sensación que me quedó fue que para ellos era un verdadero coñazo pensar qué ponerse cada día.
Me quedé un poco flipada porque mi concepto de la ropa es completamente distinto. Para mí pensar en lo que voy a ponerme al día siguiente es un aliciente, de los pocos que hay cuando tu despertador suena inexorablemente antes de las 7 de la mañana, una hora muy poco amigable para abrir los ojos, doy fe. La ropa para mí es un divertimento, como una manifestación de mi estado de ánimo, como una prueba de vida, como cuando a los secuestrados les hacen una foto con el periódico del día.
Me pareció que la mayoría de mis compañeros casi preferirían que les impusieran un uniforme de trabajo que les liberara de la complicación de elegir vestuario. Y no pude sino sentir un horror instintivo ante la idea. El mismo horror que me provoca la gente que se viste en triste y en penoso. Para mí el uniforme, salvo como complemento erótico-festivo, que ahí me rindo a sus encantos, es algo tan terriblemente homologador que me produce auténtico pavor.
En fin, puedo entender que para algunos padres simplifica mucho la tarea con los niños; puedo también compartir la idea de que en tiempos difíciles el uniforme fue un elemento igualitario importante que convertía en algo menos visibles las diferencias sociales entre los que podían vestir bien y los que sólo podían lucir las prendas remendadas y muy poco elegantes de sus hermanos mayores.
Sin embargo en estos tiempos en los que la moda se ha democratizado, gracias al invento Inditex, y a los mercadillos o a los aún más populares chinos, para mí el uniforme es como un sinónimo de negación de la personalidad, algo así como lo que ocurre en Corea del Norte, donde hay un determinado número de peinados permitidos y de vestimentas admisibles. Qué tristeza, qué pesadez, qué aburrimiento, qué espanto!
Para mí la ropa es un reflejo de lo que soy y de cómo soy. No tiene nada que ver con las marcas, que nunca me han interesado. No soy mujer de marcas ni de diseñadores de renombre. Ni soy mujer de eso ni me lo podría permitir, las cosas como son, pero vamos, creo que ni aunque pudiera lo sería. No es mi estilo.
Yo soy de toda la vida carnaza de mercadillos, chinos y tiendas de segunda mano, que ahora se llaman vintage; he llegado a encontrar auténticas joyas de otros tiempos rebuscando entre los líos y relíos de ropa de algún mercado callejero. Curiosamente hoy en día estas aficiones mías se han puesto de moda, sólo que ahora se llaman low cost, second hand y el susodicho vintage (qué asssssco de palabra, diosssss). Bueno, pues yo he sido de siempre lowcostera, secondhandista y vintagera, por nacimiento y convicción.
Me encanta la ropa, me encantan los complementos, me gusta pensar qué me pondré al día siguiente, me gusta sentirme libre para vestirme, para peinarme y para llevar el look que me dé la gana, me gusta reflejar en lo que llevo puesto lo que soy, que me clasifiquen y que me desclasifiquen, me gusta ser distinta y además parecerlo, me gusta ser algunos días gris y otros días un arcoiris, me gusta sorprenderme y sorprender, me gusta meter algo nuevo en mi armario y deshacerme de algo viejo, me gusta elegir, me gusta disfrazarme y ser una, otra y todas... Me gusta que mirar mi armario sea como mirarme a mí. Y creo que si me dijeran que tengo que llevar un uniforme... simplemente me matarían. En todo caso de enfermera, y para un ratito.
Esta intrascendente conversación dio lugar, sin embargo, a otra mucho más interesante que es la que me ha llevado a escribir este post. A raiz del comentario de esta chica hubo quien dijo que también lo hacía así, y en general la mayoría de los compañeros coincidieron en que se cambiaban de ropa un par de veces por semana o cuando les parecía que estaba sucia y la sensación que me quedó fue que para ellos era un verdadero coñazo pensar qué ponerse cada día.
Me quedé un poco flipada porque mi concepto de la ropa es completamente distinto. Para mí pensar en lo que voy a ponerme al día siguiente es un aliciente, de los pocos que hay cuando tu despertador suena inexorablemente antes de las 7 de la mañana, una hora muy poco amigable para abrir los ojos, doy fe. La ropa para mí es un divertimento, como una manifestación de mi estado de ánimo, como una prueba de vida, como cuando a los secuestrados les hacen una foto con el periódico del día.
Me pareció que la mayoría de mis compañeros casi preferirían que les impusieran un uniforme de trabajo que les liberara de la complicación de elegir vestuario. Y no pude sino sentir un horror instintivo ante la idea. El mismo horror que me provoca la gente que se viste en triste y en penoso. Para mí el uniforme, salvo como complemento erótico-festivo, que ahí me rindo a sus encantos, es algo tan terriblemente homologador que me produce auténtico pavor.
En fin, puedo entender que para algunos padres simplifica mucho la tarea con los niños; puedo también compartir la idea de que en tiempos difíciles el uniforme fue un elemento igualitario importante que convertía en algo menos visibles las diferencias sociales entre los que podían vestir bien y los que sólo podían lucir las prendas remendadas y muy poco elegantes de sus hermanos mayores.
Sin embargo en estos tiempos en los que la moda se ha democratizado, gracias al invento Inditex, y a los mercadillos o a los aún más populares chinos, para mí el uniforme es como un sinónimo de negación de la personalidad, algo así como lo que ocurre en Corea del Norte, donde hay un determinado número de peinados permitidos y de vestimentas admisibles. Qué tristeza, qué pesadez, qué aburrimiento, qué espanto!
Para mí la ropa es un reflejo de lo que soy y de cómo soy. No tiene nada que ver con las marcas, que nunca me han interesado. No soy mujer de marcas ni de diseñadores de renombre. Ni soy mujer de eso ni me lo podría permitir, las cosas como son, pero vamos, creo que ni aunque pudiera lo sería. No es mi estilo.
Yo soy de toda la vida carnaza de mercadillos, chinos y tiendas de segunda mano, que ahora se llaman vintage; he llegado a encontrar auténticas joyas de otros tiempos rebuscando entre los líos y relíos de ropa de algún mercado callejero. Curiosamente hoy en día estas aficiones mías se han puesto de moda, sólo que ahora se llaman low cost, second hand y el susodicho vintage (qué asssssco de palabra, diosssss). Bueno, pues yo he sido de siempre lowcostera, secondhandista y vintagera, por nacimiento y convicción.
Me encanta la ropa, me encantan los complementos, me gusta pensar qué me pondré al día siguiente, me gusta sentirme libre para vestirme, para peinarme y para llevar el look que me dé la gana, me gusta reflejar en lo que llevo puesto lo que soy, que me clasifiquen y que me desclasifiquen, me gusta ser distinta y además parecerlo, me gusta ser algunos días gris y otros días un arcoiris, me gusta sorprenderme y sorprender, me gusta meter algo nuevo en mi armario y deshacerme de algo viejo, me gusta elegir, me gusta disfrazarme y ser una, otra y todas... Me gusta que mirar mi armario sea como mirarme a mí. Y creo que si me dijeran que tengo que llevar un uniforme... simplemente me matarían. En todo caso de enfermera, y para un ratito.
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