martes, 6 de agosto de 2013

Nadie hablará de mi historia cuando yo haya muerto: tragedia griega en tres actos ambientada en la actualidad laboral

INTRODUCCIÓN.

Esta historia va de la suerte, de la buena y de la mala suerte. O de la suerte cambiante, que viene y va y va y viene, y nunca se sabe hasta el último día de la vida en qué va a quedar.

También es una especie de tragedia griega en la que los aparentes éxitos pueden terminar siendo fracasos y los fracasos éxitos inesperados.

Y sobre todo va de un drama personal relacionado con el trabajo que guardo desde hace muchos años, y que estaba ahí, apaciblemente dormido, pero que ahora, con la crisis, con la precariedad y con el miedo, pues ha vuelto a salir. Aunque sea un poco largo, por favor, leedlo y pensad sobre esa cosa tan caprichosa y juguetona que se llama destino:


ACTO 1º.  OPOSICIONES DE AYUDANTE DE BIBLIOTECAS

Os sitúo: 1997, 31 años. La oposición consistía en  cuatro exámenes, los tres primeros eliminatorios y el cuarto voluntario y de mérito. Aprobé los dos primeros y el tercero no lo tenía demasiado claro. Coincidió con el nacimiento de mi segundo hijo y le estaba dando el pecho.

Lo cierto es que el tercer examen fue muy largo; era práctico y había que catalogar varios documentos, y en la mitad de la prueba, de mis pechos empezó a manar leche a raudales y mientras intentaba cortar el chorro con una mano, escribía con la otra. Cuando, a las cuatro horas salí de allí, parecía que salía de un concurso de camisetas mojadas y en lo único que era capaz de pensar era en ponerle al puñetero niño la teta en la boca y que me sacara toda aquella sobredosis láctea que amenazaba con explotar de un momento a otro.

Aquello me supuso un sofocón muy gordo y unas fiebres considerables. El crío efectivamente, cuando la pilló, se agarró a mi teta como un jabato, pero tanta era la leche acumulada que en dos chupetones se hizo con su dosis, se quedó como un lirón, y el resto de la leche ahí se quedó, haciendo amago de reventar y jodiéndome durante días. En fin, que no tenía yo demasiadas esperanzas puestas en aquel examen que hice en esas condiciones, y efectivamente no me sorprendió en absoluto cuando a los pocos días salieron los resultados y yo no estaba en la lista de aprobados.

Cuando sí me sorprendí es cuando una semana después recibí una carta certificada de la Universidad en la que se me comunicaba que había habido un error en las correcciones y que sí que había aprobado. Yo no daba crédito; me había hecho a la idea de que no, y de repente era que sí. Además eso planteaba un problema: las plazas eran cinco y con aquel error los aprobados éramos seis (yo era la cuarta en orden de nota), en una oposición cuyas bases especificaban que no podía haber aprobados sin plaza. Y sólo quedaba un examen voluntario y de méritos.

En fin, abrevio, porque aunque todo aquello fue muy duro y muy traumático para mí, reconozco que resulta un poco pesado. Resumo:

1. Los del Tribunal me reconocen que efectivamente el error ha sido de ellos y que creen que no habrá problemas y que nos darán plaza a los seis. Compro una botella de cava y lo celebro, craso error que no recomiendo a nadie. Nunca celebres nada hasta que no tengas un papel firmado en la mano.

2. Carta colectiva de los seis aprobados a la Universidad para que, teniendo en cuenta que el error ha sido suyo, hagan una ampliación de plazas, contemplada en la convocatoria en determinados casos.

3. Examen de méritos. Búsqueda en bases de datos. Me preparo como puedo pero no es mi fuerte. Voy supernerviosa, el niño con una amiga en la puerta por si me da otra subida de leche (Gracias, Vi). El caso es que la cago y lo hago fatal. Con la puntuación de ese examen ya sí, me quedo la sexta y última de la lista.

4. El tribunal finalmente saca una lista de cinco aprobados y yo no estoy en ella. En los siguientes días no recibo ninguna carta de error. Punto y final.

5. Pongo un contencioso a la Universidad porque considero que yo no he suspendido en ningún momento, que el cuarto examen no era eliminatorio y sólo servía para disponer el orden de aprobados. Yo tenía que estar en la lista final de aprobados sí o sí.

6. La sentencia da la razón a la Universidad. Me releva de pagar los costes porque efectivamente el error ha sido de ellos. Echa una pequeña bronca de procedimiento a la empresa pero considera que al no sacarme en la lista final consto como no aprobada y que eso se ajusta a la legalidad. Se acabó. Gracias, Mari, lo hiciste muy bien pero eras David contra Goliat.

7. Me jodo.

Después de eso me quedo tan hecha polvo que decido no volver a presentarme más nunca a unas oposiciones. Puedo soportar, como todo el mundo, suspender, pero no puedo soportar que me quiten una plaza por un error que no fue mío. Por tanto tiro la toalla para siempre y decido que mi futuro está por otro lado. Oposiciones nunca mais.

ACTO 2º. FUNCIONARIA SUSTITUTA E INTERINA.

Pasado un tiempo empiezan, muy poquito a poco, a llamarme de la bolsa de trabajo en la que me he quedado en la pole position por lo sucedido en las oposiciones. Fue una etapa en la Biblioteca Universitaria de envidiable buena salud del personal funcionario y de anticoncepción militante. Una pequeña sustitución de una semana, quince días por aquí, veinte por allá, un contratito por obra y servicio... nada importante, pero bueno, de vez en cuando trabajaba y ganaba algo, eso sí, con mi pena negra dentro y mi convencimiento de que tenía que buscarme las habichuelas en otra parte.

Finalmente, sorpresa!!!! Una jubilación (un beso desde aquí a la gran Doña Julia, ya tristemente fallecida, pero pedazo de bibliotecaria y pedazo de señora). Su jubilación además fue mi oportunidad. Por fin una interinidad!!! (Curiosamente a partir de la jubilación de Julia se produjo un súbito baby-boom entre el personal bibliotecario (hasta 4 embarazos seguidos) del que se pudieron beneficiar intensamente las compañeras que me seguían en la bolsa de trabajo)

Quieras o no, tener un trabajo más o menos estable (aunque no definitivo) y un sueldecito muy apañado ayudaron bastante a mi recuperación. Decidí echar borrón y cuenta nueva y aprovechar el momento. Carpe diem, baby. La vida me sonreía. En ese tiempo había tenido mi tercer hijo y las angustias económicas por fin desaparecían.

Llevo escasamente dos meses en mi nuevo puesto, con mi respetable sueldo y mi trabajo en la Biblioteca de Filosofía, que me encanta. Me encanta el sitio, me encanta el ambiente de trabajo, me encantan mis compañeros...

En fin, me encanta todo, pero en esto que convocan oposiciones para Auxiliar de Bibliotecas. Qué hago, qué no hago? Bueno, no tengo más remedio que presentarme porque si no parecería que no quiero un puesto fijo, pero como tengo claro que las oposiciones no son lo mío paso de estudiar. Me miro el temario por encima para no hacer demasiado el ridículo y voy a las pruebas como el que va de excursión al zoo.

Hosssstiassssss. Y voy y apruebo. Inesperadamente... sin desearlo, sin comerlo ni beberlo. Apruebo, sí, y de momento me da muchísima alegría. Wawwwww, plaza fija!!!!!

Desde luego si hubiera podido ver por una bola de cristal mi futuro no hubiera dado tantos saltos. Es más, ni siquiera me hubiera presentado nunca a esas oposiciones.

Porque en realidad fue el peor golpe de mala suerte que he podido tener en mi vida laboral, incluso peor que lo de mis frustradas oposiciones de Ayudante. Empieza mi desgracia.

ACTO 3º. LA PLAZA

Vale, ya tengo mi plaza. Por si acaso, lo intento y pregunto a los de personal si puedo seguir ocupando mi interinidad, donde gano bastante más, y mi plaza fija de laboral la puede ocupar otra persona temporalmente. Me dicen que ni pensarlo, que me vaya para mi sitio ya, cagando leches.

- Mi destino es la Biblioteca de Rabanales. Más concretamente el mostrador de la Biblioteca de Rabanales. El mostrador de Rabanales por aquellos días significa esperar sentada a que te lleguen los clientes, pasar el código de barras por los libros y de vez en cuando colocar un carrito de libros en las estanterías. No pretendo en absoluto denostar este trabajo, pero nada que ver con el que dejé en Filosofía. Ni los libros ni el ambiente ni el tipo de trabajo acompañaban, pero si ya mirabas la nómina a fin de mes te podías echar a llorar. Casi la mitad de lo que ganaba con mi interinidad, que sólo pude disfrutar escasamente cinco meses. Porca miseria! Pero bueno, me consolaba de todo esto pensando en que por fin tenía un puesto fijo.

- Con el tiempo me presento a pruebas internas para ascender a Técnico Especialista y, bueno, el trabajo no mejora demasiado pero el sueldo sube ostensiblemente. De todas formas se queda a bastante distancia de lo que ganaba de Ayudante y podría seguir ganando de no haber aprobado las oposiciones de laboral. Aun así sigo agradecida y contenta por mi puesto fijo y no me planteo que haya podido tener mala suerte.

- Me ofrecen un puesto en otro Servicio y acepto. Sigo ganando lo mismo pero tengo turno fijo de mañana y se supone que el trabajo será más interesante. Se supone, pero no. Mi jefa resulta ser una persona poco propensa a valorar la preparación y mucho a valorar la categoría laboral, y decide destinarme a dar de alta en el sistema a los alumnos y a hacer carnets. De vez en cuando de otros servicios me encargan trabajos un poco más elaborados pero el 50% de mi tiempo lo paso buscándome entretenimientos o inventándome yo misma trabajos. Decido hacer mantenimiento del catálogo por mi cuenta, ya que aunque nadie me lo pida, el catálogo está hecho unos zorros y al parecer no hay personal para mantenerlo. Lo hago en secreto por si me lo prohíben por ser laboral. Mientras, mi compañera en el servicio, que es ayudante interina, no da abasto la pobre y está sobrecargada de trabajos en los que yo podría ayudarla pero no me dejan por mi categoría inferior. Con todo y con eso sigo conformándome y no me quejo de mi fortuna.

- Convocan oposiciones para Ayudantes con objeto de consolidar las plazas de los interinos. La antigüedad será el elemento clave. De haber seguido con mi interinidad yo tendría la antigüedad máxima. Me alegro por mis compañeros interinos, pero me siento triste por mí. Ya sí empiezo a darme cuenta de que he tenido verdadera mala suerte. Podría haber estado todos esos años haciendo un trabajo que me gustaba, en un sitio que me gustaba, con una gente que me gustaba... y con un sueldo que me encantaba. Y a su debido tiempo obtener mi plaza fija. En lugar de eso he estado languideciendo lentamente, haciendo trabajos muy por debajo de mis posibilidades, soportando situaciones bastante humillantes y encima cobrando una mierda. En fin, me da pena por mí pero prefiero no comerme demasiado la cabeza con lo que pudo haber sido y no fue.

- Llega la crisis y de repente ocurre lo que nunca pudimos pensar que podría ocurrir: nuestro ocurrente gobierno, en su afán por detener la destrucción de empleo y acabar con el paro, hace una reforma laboral en la que por primera vez se contempla la posibilidad de hacer Expedientes de Regulación de Empleo (los famosos ERE) en la administración, por supuesto sólo para personal laboral. Tanto si te han puesto a dedo por ser cuñada del gerente como si has pasado por una dura y difícil oposición contra 500.000 contrincantes. Ya ni siquiera puedo decir que tengo un trabajo fijo, en cualquier momento puedo ir a la puta calle y es perfectamente legal. Y aquí sí, aquí ya sí que me mosqueo de verdad. Porque pienso... menudo negocio hiciste, tía.

A ver cómo lo explico. Aprobar aquellas oposiciones fue un castigo para mí a todos los niveles: económico, profesional, moral... En todos perdí, y aún está por ver qué más puedo perder. Ya sé que la culpa no es de nadie, que es simple y llanamente la vida, pero que hay que tener muuuuuuy mala follá. La gente que piensa que no existe la suerte y que la fortuna se la labra uno a base de méritos, debería leer esta historia. Paradójicamente si yo hubiera sido un poquito menos lista y talentosa en aquellos exámenes hoy en día tendría una situación laboral y económica bastante mejor. Ya lo decía Sabina en "El blues de lo que pasa en mi escalera": "El superclase de mi clase, qué pardillo, se pudre en el banquillo". Suele ocurrir.

FIN

Y ahora sí, ahora ya sí soy plenamente consciente de que lo mío fue dura y pura mala suerte sin paliativos. La única vez que pareció que me había sonreído la fortuna, cuando obtuve mi plaza, al final resultó que era una de esas trampas del destino de las que hablan las tragedias griegas. Ya sabéis, cargando las tintas un poco, el que se libra de una muerte rápida en un naufragio para morir dos años más tarde lentamente de un cáncer terrible. O el único superviviente en un accidente de aviación, que al mes siguiente se estrella con su camión y mata a decenas de personas. El sino, el destino, el terrible e inexorable fatum. No en vano, la palabra fatídico viene precisamente de ahí, de fatum. Por no hablar de "fatal".

De todas formas hoy por hoy, de momento, sigo trabajando, además en un puesto en el que estoy contenta y me siento valorada, y tal como está el panorama con eso ya me doy con un canto en los dientes. Que las cosas pudieron haber sido de otra manera? Pues sí. Que si no hubiera aprobado aquellas oposiciones hoy en día ganaría más, viviría mejor, y sobre todo, mucho más tranquila con respecto a mi futuro y el de mi familia? Total. Que no hubiera tenido que soportar durante años tantos desprecios por mi bajada de categoría, muchos de ellos procedentes de personas cuya valía profesional está bastante menos acreditada que la mía? Sin duda.

Con todo, nada de eso es lo peor. Lo peor son los hijos. La cantidad de cosas que en estos años no he podido darles a mis hijos porque no me lo he podido permitir. Y no hablo de viajes a Disneyland Paris ni de campamentos de verano en el Pirineo, no. Nada de eso me interesa ni me quita el sueño. Hablo de cosas importantes de verdad para su desarrollo y su formación; hablo, por ejemplo, de que mi hija podía haber pedido una beca Erasmus para practicar inglés durante su carrera, y no ha podido. O poder costearle un par de meses en la Gran Bretaña para lo mismo, y no he podido. O simple y llanamente que mis hijos pudieran elegir la carrera que quisiesen porque yo pudiera costearles la estancia en otra ciudad; y no puedo. Nada de eso he podido darles, y sin embargo, de no ser por mi mala suerte, pude habérselo dado todo.

Pero la cuestión es: no sabía lo que iba a pasar. No podía ver el futuro. Y las cosas son como son. Y lo que pasó ya no lo puedo cambiar. Así que... pase lo que pase, a joerse y punto. No queda otra. C'est la vie!

Como rezaba el título de aquella película: "Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto". Y tampoco nadie hablará de mi historia cuando me haya ido. O cuando me hayan echado, que eso ya sí es una posibilidad. A fin de cuentas mi historia es mía, y a quien le duele es a mí. Por eso tengo que ser yo quien la cuente. Y aquí está.

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